El Corazón de Jesús y la Divina Voluntad


Revista de Cielo 1996

Sobre la relación entre
el Sagrado Corazón de
Jesús y la Divina Voluntad.



Jesús, como todos nosotros, tuvo un corazón de carne, es decir, un órgano central de nuestro cuerpo que, mediante la vida que le comunica el alma, está bombeando la sangre para hacerla circular por todo nuestro organismo a través de las arterias, venas y vasos sanguíneos.  Es maravilloso su modo de obrar porque además es uno de los órganos de nuestro cuerpo que más nos muestra la intervención de Dios en nuestras vidas.  ¿Quién se ha detenido alguna vez a contemplar el amor de Dios que en cada latido del corazón nos envía?  Nos dice en cada latido « Te amo, te amo, te amo hijito mío  »

Cuando Jesús le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque, y que posteriormente la Iglesia quiso que lo veneráramos, no fue el pedazo de carne lo que a Jesús y a nuestra santa Madre Iglesia le interesó.  Si así fuera, todos los miembros del cuerpo de Jesús son adorables y podríamos hacer imágenes del pié de Jesús, de los pulmones de Jesús, del cerebro de Jesús, etc.  De este modo entonces, Jesús podría decir, dando sus pies a adorar: « Estos son los pies que tanto han caminado para buscarte.; estos son los pies que con las lágrimas de tu arrepentimiento y de tu amor me lavas. » O bien si nos diera a adorar su cerebro: « Este cerebro es con el que tanto he pensado en ti.; con el que mi sabiduría tanto quiso enseñarte.; con el que dirigía toda mi inteligencia divina. » Etc.

Ciertamente que todas las partes del cuerpo de Jesús son adorables, siendo él Dios.  Pero no era esto lo que Nuestro señor nos quería enseñar.  Lo que a Jesús le interesaba era que viéramos en ese « Corazón », centro de nuestro organismo corpóreo-biológico, el símbolo, la representación, la imagen de su Divina Voluntad; como es en nosotros el símbolo de nuestra voluntad, de donde brota la sangre del amor.  Por eso decimos: « Te amo con todo el corazón, te doy mi corazón. », y muchas expresiones simbólicas, que perfectamente podemos sustituirlas por la verdadera realidad espiritual que es la voluntad, de donde brota el amor; de modo que podríamos decir muy bien: « Te amo con toda mi voluntad, te doy mi voluntad, etc. » Porque cuando decimos « te amo con todo mi corazón », sabemos bien que lo que queremos decir es que amamos con todo nuestro ser, con todas nuestras fuerzas, nuestra vida, con toda nuestra capacidad de amar.  En una palabra, amamos con toda nuestra voluntad.  Por eso, cuando hablamos del Sagrado Corazón de Jesús, no estamos hablando específicamente de su corazón material, sino que nos referimos a su Santísima Voluntad. 

Jesús como buen maestro, sabiendo que entendemos mejor las cosas con objetos simbólicos, materiales, nos ayuda de esta forma.  Por eso es que, en la Eucaristía, también quiso dejarnos las apariencias o accidentes del pan, transubstanciando, cambiando la substancia, para que así, con nuestros sentidos, pudiéramos percibir las apariencias del pan: color, sabor, forma, etc.; pero en la realidad espiritual, ese pan eucarístico ha perdido la substancia del pan físico, material, y se ha transubstanciado milagrosamente en substancia divina: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesús.

La verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús es la devoción a la Divina Voluntad, de donde brota y dimana el amor.  ¿No es verdad que la verdadera devoción al Sagrado Corazón es hacer, vivir siempre en la Voluntad de Dios?  Y hacer la Voluntad de Dios, vivir siempre en ella, ¿no quiere decir que estamos viviendo constantemente en el Corazón de Jesús?  Si tenías o tienes devoción al Sagrado Corazón, en realidad tienes devoción a la Divina Voluntad.  No es que hayas perdido la devoción al Corazón de Jesús, sino que Dios ha abierto tus ojos espirituales para profundizar la verdadera realidad que encierra su Corazón, que es la Divina Voluntad.  Pero ahora con una nueva fuerza, pues ya no será una devoción simplemente, sino una vida, nuestra única vida, toda nuestra vida. 

El Corazón de Jesús nos habla y nos enseña cuál es la Voluntad de Dios, nos muestra claramente sus sentimientos, sus miradas, sus pensamientos, sus palabras, sus obras, sus afectos, sus deseos., su amor.  Porque todas estas cosas tienen su principio en su Divina Voluntad. 

Leamos lo que dice Jesús al respecto:

« Hija mía, Yo soy todo amor, soy como una fuente que no contiene otra cosa que amor, y todo lo que pudiera entrar en esta fuente pierde su cualidad y se transforma en amor, así que en mí, la justicia, la sabiduría, la bondad, la fortaleza, etc., no son más que amor.  Pero, ¿quién dirige esta fuente, este amor y todo lo demás?  Mi Voluntad.  Mi Voluntad domina, rige, ordena; así que todas mis cualidades Divinas llevan el sello de Mi Voluntad, la Vida de Mi Voluntad, y en donde encuentran Mi Voluntad hacen fiesta, se besan; y donde no, se retiran. » (Vol. XII, 9 de julio de 1918)

¿No es precisamente esto lo que siempre se ha dicho del Corazón de Jesús?  Por eso, como decíamos, si hasta ahora cuando se hablaba del Corazón de Jesús siempre quedaba envuelto como dentro de un misterio, ahora conocemos mejor lo que Jesús nos ha ido enseñando a través del tiempo como un perfecto maestro.

¿No es verdad que para que Jesús nos diera a conocer la devoción a su Sagrado Corazón pasaron nada menos que 1,500 años después que él vino a la tierra para cumplir nuestra redención?  ¿No hubo muchísimos otros santos, quizá mucho más grandes que Santa Margarita, como un San Agustín, San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, etc.?

Y es que nuestro Señor, repito, obra como un maestro que primero le enseña a sus alumnos las vocales; luego a formar palabras, oraciones, y así hasta llegar finalmente a enseñarles su altísima ciencia.  Así Jesús, debía enseñarnos primero el a-b-c de nuestra redención, para ir pasando poco a poco a las cosas más sublimes que encierra su amadísimo Corazón. Su Santísima Voluntad.

Leamos ahora este otro pasaje:

« Hija mía, quiero enseñarte cuánto te amo. »

Me enseñó entonces su Corazón abierto, y de él salían mares inmensos de potencia, de sabiduría, de bondad, de amor, de belleza, de santidad; y en el centro de cada uno de estos mares estaba escrito: « Luisa, hija de mi inmensidad, hija de mi potencia, hija de mi sabiduría, hija de mi bondad, hija de mi amor, hija de mi belleza, hija de mi santidad. »

« ¿Has visto cuánto te amo y cómo no sólo en mi Corazón sino en todos mis atributos llevo escrito tu nombre?. » (S.D Luisa Piccarreta, Vol.  XIV, 15 de Mayo de 1922)

Así pues, cada vez que leemos o escuchamos algo del Corazón de Jesús, substituyamos la palabra Corazón por Voluntad, y nos daremos cuenta que haciendo así podremos comprender mucho mejor lo que Jesús nos quiere decir; y así también todo lo que digamos de la Voluntad de Dios es como si lo dijéramos del Corazón del Jesús, porque son una sola cosa.  Y si cada día nos adentramos más y más en ese océano de luz, de paz y amor infinito, podremos conocerlo mejor y por lo tanto amarlo y servirlo como merece.  Del mismo modo podremos hablar de la Santísima Voluntad de Dios: Cuanto más nos acerquemos a ella, más podremos conocer los abismos de amor que contiene el Corazón adorable de Jesús.

Jesús, por ser hombre, tiene una voluntad humana y por ser Dios tiene una Voluntad Divina.  Pero su voluntad humana está de tal modo unificada a la Divina que no se puede distinguir cual sea una y cual sea la otra, porque son una sola cosa.  Esa mezcla Divina en la que su voluntad humana y su Voluntad Divina se unifican, son una sola cosa, una sola Voluntad, fundidas perfectamente la una en la otra, es lo que Jesús llama su Corazón. 

Este es el prodigio que Dios quiere hacer en nosotros: Que nuestra voluntad humana se unifique, se funda, se haga una sola con la Divina Voluntad, de tal modo que ya no puedan distinguirse una de la otra. 

Jesús quiere el cambio de « corazones » es decir de Voluntades: Tú le das tu voluntad pobre, miserable y pecadora, y él te da la suya infinita, poderosa, purísima, etc., para que en adelante hagas reinar en ti esa Divina Voluntad dejándola actuar en lugar de la tuya, que él no la destruye, sino que la funde, la unifica con la de él; de manera que sea la suya la que se mueva, piense, decida, actúe,. en ti.

Nuestro Señor nos da un ejemplo entre los muchos que da: cuando dos objetos de oro se funden para hacer uno solo, aún cuando uno sea pequeño y otro grandísimo, ya no se pueden distinguir el uno del otro, porque han perdido su forma y se han vuelto una sola cosa; así la Voluntad de Dios transforma a la voluntad humana en ella misma.  Por eso, invita constantemente a Jesús para que con su Divina Voluntad venga a reinar en ti.  Y junto con María Santísima dile:  « Fiat », « », « He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Voluntad ».

Es de esta forma que Jesús quiere establecer su Reino sobre la tierra, el Reino de su Divina Voluntad, conquistando corazón por corazón, es decir, Voluntad por Voluntad; por eso Jesús nos dice muy claro en sus Evangelios: « Sí, Yo soy Rey, pero mi Reino no es como los reinos de este mundo.  Mi Reino no está aquí o allá, sino dentro de cada uno. »