
Noviembre
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Santos Jerónimo Hermosilla y Valentín de Berrio Ochoa
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Conmemoración de los Fieles difuntos
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Basílica de San Salvador de Letrán
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Santos Probo, Andrónico y Táraco
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Presentación de la Virgen en el templo
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
PRESENTACIÓN DE LA VIRGEN EN EL TEMPLO
Memoria obligatoria
21 de noviembre
Una niña sube gozosa la alta escalinata; arriba, el sacerdote de barba venerable, adornada la cabeza con la mitra de dos cuernos, extiende solícito las manos y sonríe acogedor; detrás de él, la puerta se abre para dejar ver a dos servidores curiosos; y en el fondo, junto a un árbol, fijos los ojos en los pequeños que ascienden penosamente por las gradas de mármol deslumbrante, guarnecidas de bronce, la anciana madre, de frente arrugada, donde se posa un gesto de pena contenida. Así representaron nuestros imagineros en los retablos de las iglesias el momento en que María, dejando el regazo de la casa paterna, fue a encerrarse entre los muros sagrados del templo de Salomón. Sirviendo al templo, hilando el efod del sumo sacerdote, cosiendo los velos del altar, limpiando los vasos de las ofrendas, limpiando los mosaicos del pavimento, pasaban los mejores años de su vida muchas hijas de Israel. Allí conoció Joyada, el sumo sacerdote, a Josabeth, su esposa; allí creció Ana la profetisa, sintiendo germinar en su alma misteriosos presentimientos de redención, y allí la hija de Fanuel, cuando declinaba su vida, cuando ya empezaba a pensar que había esperado en vano, vio llegar a aquella niña graciosa, parienta del buen sacerdote Zacarías. Jamás ojos tan puros habían mirado aquellos pórticos majestuosos; jamás los atrios del Señor se habían alegrado con tan dulce sonrisa. Tal vez ya desde entonces la vieja sacerdotisa, erudita de ritos mosaicos y sabedora de sagrados textos, al ver aquel lirio primaveral de los jardines de Nazareth, recordó las palabras del salmista, que parecían próximas a realizarse: «Escucha, hija, y mira, e inclina el oído; olvida tu pueblo y la casa de tu padre, porque el Rey ha deseado tu hermosura.» Si es que ennoblecía ya al mundo aquella criatura «que Dios tuvo en su presencia antes de criar cosa alguna, cuando no existían los abismos, ni habían brotado las fuentes de las aguas, ni se alzaba la mole de los montes, ni sobre ellos se extendían los cielos, ni estaban asentados los cimientos de la tierra»; si esa criatura había nacido ya, era seguramente aquella niña tan dulce, tan pura, tan graciosa, que pisaba los umbrales del lugar sagrado con aquel amoroso respeto de Moisés delante de la zarza ardiente. Como el lirio entre las espinas, así era ella entre sus compañeras. Tal vez ya entonces les hacía aquella pregunta que pone en sus labios la santa liturgia: «Por las cabras y los cervatillos de los montes os conjuro, hijas de Jerusalén, que me digáis si habéis visto al Amado, porque muero de amor.»
Noches de meditación abrasada, días de trabajo abnegado, ímpetus incontenibles, súbitas iluminaciones, palabras como luces en la penumbra de un silencio recatado, gracia, obediencia, amor y trabajo, esta fue la vida de María durante aquellos años en que, delante de Dios, se prepara a recibir el gran mensaje. El Evangelio nada dice de aquella doncellez consagrada al servicio del Templo. Pero nos lo dice la tradición. La recogen los evangelios apócrifos en los primeros tiempos del cristianismo, y ya en el siglo VI cantaba el poeta bizantino: «El templo purísimo, el tesoro sagrado de la divina gloria, la mansa oveja, la virgen inestimable, llega hoy a la casa del Señor; la gracia del Espíritu va con ella, los ángeles cantan su gloria: es el tabernáculo de los Cielos. Recíbela, dice Ana al gran sacerdote, guárdala con cuidado, ponía en lo más profundo del santuario inaccesible, porque es el fruto de mis oraciones, es el don de Odonaí, es el tabernáculo del Altísimo.» |
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