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Anunciación de la Santísima Virgen
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
SAN PABLO APÓSTOL
(† 67) Solemnidad
Al mismo tiempo que los verdugos levantaban a Pedro en el patíbulo, Pablo, su compañero, atravesaba las calles de Roma en medio de un pelotón de soldados. Junto a la puerta de Ostia, una mujer de porte aristocrático salió al camino sollozando y diciendo: «Pablo, hombre de Dios, acuérdate de mí en la presencia del Señor Jesús.» El apóstol, reconociendo a Plantila, una gran dama que se sentaba entre sus oyentes con los esclavos, dijo con tono festivo: «Buenos días, Plantila, hija de la eterna salud; préstame el velo de tu cabeza para cubrirme los ojos. En el nombre de Cristo, dejaré a tu dilección esta prenda de mi afecto.» La escolta siguió la vía ostiense, acercándose de cuando en cuando a las aguas del Tíber, y deteniéndose en un valle desierto y silencioso. Allí Pablo rezó mirando hacia el Oriente, recibió una vez más en su accidentada existencia la caricia de las varas, vendó sus ojos con el velo de la ilustre patricia, y tendió su cuello a la espada. Así murió aquel hebreo incomparable, aquel luchador heroico, aquel ciudadano romano, que mereció más que nadie ser llamado ciudadano de todo el mundo. Poco tiempo antes había podido decir aquellas palabras sublimes: «He combatido el buen combate; he terminado mi carrera; he guardado la fe. Ahora está reservada para mí la corona de la justicia, que Dios, justo Juez, me dará en su día; no sólo a mí, sino a todos los que suspiran por su advenimiento.» No es que esté cansado el viejo atleta; se siente más tuerte que nunca, con la fortaleza de la fe; pero debe irse, porque ha llegado a la meta. Nadie podía imaginar lo que había corrido aquel hombre desde el camino de Damasco; lo que había luchado aquel fariseo, que empezó combatiendo a los discípulos de Jesús, y, transformado repentinamente, se había obstinado durante treinta años en una terrible y gigantesca aventura. Nadie corrió más que él, «y no en vano—como él mismo dice—, no como quien azota el viento», sino con la mirada fija en el término infalible, empujado por el anhelo de la gloria de Cristo, aguijoneado por el espíritu del triunfo, esperando contra toda esperanza, sin desalentarse jamás, poseyendo su alma en la paciencia, él, que fue el más impaciente de los hombres. Ya conocemos sus primeros pasos: le hemos visto guardando los mantos de los que apedrearon a Esteban, derribado en el camino, convertido en un vaso de elección; hemos admirado al gran propagandista, que defiende los fueros de la libertad cristiana en el Concilio de Jerusalén; que deja ciego con una palabra al mago Elimas; que se lanza a través del Asia, hollando sendas desconocidas, juntamente con su amigo San Bernabé; organizando Iglesias, luchando con los judíos y los gentiles y levantando como un faro el nombre de Cristo en medio de las tinieblas. Su figura se agiganta sin cesar; sus empresas se hacen más vastas; sus pensamientos, más altos; su ardor, más furioso. Es el año 52: va a empezar la segunda misión. Con dos o tres compañeros, o una pequeña escolta, o a veces solo. Pablo se interna de nuevo en el imperio inmenso de los ídolos: países bárbaros, ciudades paganas, caminos enseñoreados por cuadrillas de bandidos, y, lo que es peor, colonias hebreas fanáticas y rencorosas. Primero, la visita a las Iglesias formadas unos años antes: de Antioquía a Licaonia, de Licaonia a Pisidia, de Pisidia a Galacia; ganándose el pan con sus manos como un obrero, caminando con los pies ensangrentados, anunciando a un Dios nuevo donde reinan tantos dioses; al Mesías profetizado, Hijo de Dios, Señor, Redentor y Juez de vivos y muertos; a un Dios que veinte años antes recorrió vagabundo las provincias de Judea, y fue rechazado por el pueblo y colgado en un patíbulo por blasfemo y sedicioso. Predica en las sinagogas, pero los hebreos se tapan los oídos, gritan furiosos y se conjuran para asesinarle; predica a los gentiles en las plazas y en los anfiteatros, y mientras unos se hacen sus discípulos, otros se amotinan, le apedrean y le maldicen. Camina como un huracán de Oriente a Occidente, incendiando el aire con las llamaradas de su voz; va y viene: se aleja y súbitamente reaparece cuando nadie le espera. Se le expulsa de todas las ciudades, y a todas llega de nuevo con mayor intrepidez. La persecución le exalta, la contradicción renueva su energía y su fe en el triunfo. En esta segunda misión, su mirada escruta los más lejanos horizontes. Ya ha evangelizado la región de Galacia; está enfermo, la fiebre le consume, pero el celo le devora. Se interna por caminos nuevos, atraviesa el Halis, deja atrás la ciudad de Alcira y camina en dirección a las llanuras inmensas del Ponto. Detrás de él está el mundo romano; delante, las regiones del Éufrates, cuna de antiguos imperios. El brillo lejano de Nínive y Babilonia parece deslumbrarle un momento; pero su genio práctico reacciona; guiado siempre por el Espíritu, vuelve a saludar a los gálatas, y siguiendo hacia Occidente a través de la Frigia y la Misia, entra en el valle de Escamandro y deja a su derecha las pendientes hirsutas del Ida majestuoso. Ha llegado a Troade, la tierra clásica llena de ritmos homéricos. Allí, el mar le alucina; pero no se decide a dar el salto. Su ruta no obedece a un plan riguroso: unas veces va donde le lleva el camino; otras, donde ve una posibilidad de éxito, atento siempre a las inspiraciones del guía invisible que le acompaña. Ahora el guía habla con toda claridad: durante el sueño se le aparece un hombre de cuya espalda cuelga una clámide y cuya cabeza cubre un sombrero de amplias alas. Es un macedonio, que le dice: «Ven a mi tierra; ayúdame. Y a los pocos días se embarcó para Filipos. Una mujer llamada Lidia, que traficaba en púrpura, fue allí el primer creyente; su casa, el primer refugio del cristianismo occidental, y aquella colonia de veteranos de Roma, el primer suelo europeo que Pablo enrojeció con su sangre. Irritado por el éxito de su predicación, el pueblo se arrojó un día sobre él y le arrastró ante el tribunal de los duunviros, gritando: «Este judío alborota la ciudad y propaga costumbres que no podemos aceptar los romanos.» Pablo y sus compañeros sufrieron el tormento de los azotes y fueron arrojados en un calabozo, en compañía de las arañas, los ratones y las sabandijas. Una alegría incontenible llenaba sus almas. El carcelero les oyó cantar, vio una luz que inundaba la prisión, sintió el ruido de las cadenas que caían rotas; creyó, fue bautizado y trajo de comer a sus presos. Y todos juntos partieron el pan del amor. El pobre hombre se presentó al día siguiente, rebosando de gozo, para transmitir la orden de sus jefes: «Salid y marchad en paz.» Pero, en medio del dolor, Pablo conservaba su buen humor para reírse bondadosamente de los magistrados: «Di a esas gentes—contestó—si es que se puede tratar así y despellejar a unos ciudadanos romanos.» Estas palabras sembraron el terror; los pretores llegaron temblorosos pidiendo perdón, y ellos mismos desataron las cadenas de los cautivos.
Al llegar el primer sábado, habló en la sinagoga; pero diariamente se mezclaba en el ágora a los grupos de gramáticos, retores y filósofos, aprovechando cualquier coyuntura para exponer su evangelio. Sus palabras empezaron a despertar la curiosidad de aquellos espíritus, que, como en tiempo de Demóstenes, se despertaban cada día preguntando: «¿Qué hay de nuevo?» Grupos de ociosos empezaron a rodearle medio burlones; unos le abandonaban alzando los hombros, pero otros llegaban a ocupar su puesto, preguntando: «¿Qué quiere este gorrión?» Y los primeros respondían: «Es un importador de divinidades extranjeras.» Otros, más serios, deseando conocer mejor su doctrina, le invitaron a exponerla en una conferencia pública; y sin darle tiempo a reflexionar, le cogieron y le llevaron a la colina de Ares, en la parte occidental de la Acrópolis. Contento de poder atacar al politeísmo en la ciudadela de la mitología, Pablo empieza a hablar. San Lucas nos ha conservado aquel discurso memorable, modelo de habilidad, de agudeza dialéctica y de nobleza de pensamiento. Partiendo de aquel dios desconocido que adoran los atenienses, el orador llega a la revelación del Dios que ha creado todas las cosas, que nos ha hecho a nosotros mismos, «pues somos de su raza»; que nos ha redimido, y que un día resucitará nuestra carne. Al hablar de la resurrección de los muertos, su voz fue interrumpida por gritos, murmullos y carcajadas. Un gran número de los oyentes desfilaron; otros, más corteses, se acercaron al orador y le dijeron: «Por hoy, basta; otra vez nos hablarás de estas cosas.» Sin embargo, algunos creyeron, entre ellos un asesor del Areópago, llamado Dionisio, y una mujer que llevaba el nombre de Dámaris. Al salir de Atenas, Pablo debía de pensar con tristeza que había trabajado con poco fruto. Su discurso, no obstante, señalaba un momento culminante de la expansión del cristianismo: después de aquel reto lanzado a la Palas Atenea de Fidias y Platón, era evidente que la sabiduría antigua no podía dar al mundo lo que le había prometido, que la razón debía ser iluminada por la fe. En medio de todo, podía estar satisfecho. Infatigable en su esperanza, caminaba hacia una nueva conquista. Iba hacia Corinto, donde reinaba Cipris, servida por un colegio de mil sacerdotisas; pero tal vez se consolaba pensando que los demonios de la carne ofrecerían menos resistencia que el orgullo de los sabios. Efectivamente, encontró una masa cosmopolita propicia a la levadura evangélica. Todo le prometía una estancia larga y fructuosa en la gran ciudad del estrecho; y así, buscó el medio de ganarse la vida. Un fabricante de tiendas le tomó a su servicio; y pronto el nuevo trabajador tuvo tal ascendiente en la casa, «que se apoderó de todas sus almas, no por los discursos persuasivos de la sabiduría, sino por la manifestación del espíritu y del poder». A todos los dones sobrenaturales se juntaba en él una caridad cortante como el cuchillo, dulce como el aceite, que suaviza las heridas. Cada sábado disputaba en la sinagoga, hasta que un día, cansado por las blasfemias y las injurias de sus enemigos; sacudió el polvo de su manto y salió diciendo: «Que vuestra sangre caiga sobre vuestra cabeza; yo estoy sin mancha; ahora me dirigiré a los gentiles.» El jefe de la comunidad hebrea y muchos otros se fueron con él. Su palabra tuvo una eficacia prodigiosa. Durante un año y seis meses no cesó de bautizar, de predicar y de discutir; y ya tenía una Iglesia numerosa, cuando estalló el odio de los judíos. No atreviéndose a dar muerte al innovador, le arrastraron ante los tribunales romanos. Gallón, procónsul entonces de Acaia, digno hermano de Séneca, que alaba su carácter bondadoso, comprendió que se trataba de un asunto de doctrina, y haciendo un signo a los lictores, ordenó que arrojasen de su presencia a los acusadores y al acusado. Este suceso aceleró la marcha del apóstol. Tenía verdaderas ansias de visitar las iglesias de Palestina, en las cuales habían intrigado sin descanso los judaizantes durante los tres años de la segunda misión (52-55). Para hacer irrevocable su vuelta a Jerusalén, había pronunciado el voto del nazirato, que le obligaba a abstenerse de vino durante treinta días, a rasurarse la cabeza y a realizar ciertos ritos en el templo. Así terminó aquella marcha, llena de peripecias emocionantes, a través de medio mundo. La figura del apóstol se nos presenta con un relieve tan prodigioso a través de aquellas correrías, que ningún pincel podrá abarcarla nunca en toda su espléndida complejidad. El mundo no verá jamás otro hombre como Pablo, dijo San Juan Crisóstomo, el más ilustre de sus comentaristas. Su misma fisonomía condensa tan múltiples caracteres, que ninguna imagen plástica logrará reproducirla completa. Era feo y pequeño. La medalla del siglo II, en que aparece frente a la cara redonda de San Pedro, le representa calvo, el rostro arrugado, la nariz aplastada, huidiza la frente, y en lo más alto los ojos. Pero allí no se descubre nada de la tensión de su fuerza incontrastable, ni de su llamarada mística, ni de aquel ademán que subyugaba a los hombres de una manera fulminante. Voluntad magnética, tenía el don de reaccionar enérgicamente contra todas las contradicciones. Su mirada y su gesto eran los del hombre de mundo, y el acento de su voz hacía posible lo imposible. Convencía porque enseñaba por el ejemplo. Le bastaba descubrir los callos de sus manos y las cicatrices de su cuerpo para probar que ni el hambre, ni las varas, ni los caminos, ni los naufragios, pueden detener al que Dios guía. Nada puede compararse a la sutileza y claridad de su inteligencia. Con la lámpara de la fe en la mano, descubre en las conciencias misterios que ni los más grandes filósofos habían llegado a adivinar. Es un psicólogo sutilísimo, un dialéctico formidable, un estilista único. Sin embargo, ni razona, ni analiza, ni escribe por puro placer, sino sólo por iluminar las almas, por transformarlas, por lanzarlas a Dios. Tenía una gran cultura, capaz de deslumbrar a los hombres más cultos, como nos lo prueba la burla del procónsul Festo: «Has leído mucho, Pablo, y eso te ha vuelto los sesos agua.» Sin embargo, desprecia la ciencia rabínica, las disciplinas de los retóricos y las disputas profanas de los sabios. Discurre de una manera violenta, rápida, intuitiva; dramatiza sus argumentos, los deja sin completar, arrastrado por el torbellino de las ideas, y lo mismo sus premisas que sus conclusiones, se nos presentan tumultuosamente y de improviso. Poco importan los saltos ideológicos, las transiciones oscuras, las salidas inesperadas; si seguimos investigando bajo la oscuridad aparente, que en realidad es profundidad, encontraremos luminosidad radiosa, y el escritor acabará subyugándonos con su vehemencia huracanada, por su límpida amplitud, por su lirismo. La frase de San Pablo es su misma palabra vibrante y nerviosa, con la nerviosidad apasionada de un hombre que, en virtud de los principios de la razón, ha logrado el dominio perfecto de sus ímpetus terribles; de un hombre que, a diferencia de San Pedro, más que un temperamento impulsivo, tiene una violencia razonada y dogmática. Al leerle nos parece escuchar sus disputas en las sinagogas. Hasta se diría que se resiste a escribir, aunque en realidad no escribe; él dicta y Timoteo recoge sus argumentos. No puede estar en todas partes; y esto le obliga a extender la palabra muerta sobre la hoja muerta del pergamino. Pero las Iglesias reclaman soluciones urgentes: aquí un cisma, allí una persecución, más allá un escándalo, o un ataque de la herejía, o el terror de la parusía cercana. Y llega la carta con la solución neta, firme, definitiva; y con la solución, aquellos consejos prácticos que condensan toda la moral cristiana y aquella teología inmensa que ningún comentario ha podido agotar todavía; aquella doctrina, siempre profunda y precisa, nunca hipotética o vacilante, que nos lleva de misterio en misterio, «de claridad en claridad, como reflejando en un espejo la gloria del Señor», desde las lejanías de la predestinación hasta las magnificencias del reino celeste; desde el abismo de la caída a las sublimidades de la redención, de la comunión de los santos, de la humillación del Verbo y de la acción misteriosa del Paráclito en las almas. Y ¿quién ha cantado como Pablo la caridad? ¿No basta aquel himno de la primera epístola a los corintios para consagrarle como poeta soberano? «Siempre que oigo esa trompeta espiritual—exclama el Crisóstomo—, me estremezco de júbilo, me inflamo, y hierve mi pecho en un deseo celeste; me parece oír una voz amiga, ver un rostro inolvidable, escuchar al mismo Pablo exponiendo el reino de Cristo. Todo lo que sé, si sé alguna cosa, se lo debo a la agudeza y bondad de este ingenio, porque he de confesar que no tengo valor para apartarme de su lectura.» Por un momento, el hombre cuyo destino parece ser caminar siempre, nos da la impresión de haber encontrado una residencia fija. Sin embargo, no descansa. Está en Éfeso trabajando y enseñando. Ha empezado su tercera misión (55-59). La gran metrópoli asiática, nudo de todas las rutas orientales y occidentales, es un punto estratégico para arrojar la semilla evangélica. Según su método, empieza en la sinagoga; pero a los tres meses tiene que romper con los judíos. Entonces alquila por dos horas, de once a una, el gimnasio de un profesor de filosofía, y allí instruye a sus discípulos. El resto del día zurce y teje para ganarse el pan, y por la noche va de casa en casa, animando a los fieles, convenciendo a los paganos y exhortando «con lágrimas a los judíos a la penitencia». «Una puerta grande y poderosa se abría delante de él—según su propia expresión—; pero los enemigos son muchos», añadía con tristeza. Y más tarde podría decir: «Al combatir en Éfeso con las bestias feroces, ¿qué fruto he sacado, si los muertos no resucitan?» Los magos y encantándoles empezaron a envidiar sus poderes sobrenaturales, muy estimados en aquella ciudad famosa por sus libros de encantamientos, por sus prácticas mágicas y por su afición a los misterios de la brujería. A la envidia se juntó el interés. Los orfebres advirtieron que no vendían tantos objetos religiosos como antes. Había disminuido, sobre todo, la venta de imágenes de Artemis, que era la patrona de la ciudad. Un demagogo se propuso explotar esta circunstancia para arruinar al predicador judío, y estuvo a punto de conseguir su objeto. Excitado por sus palabras, el pueblo se amotinó contra el apóstol, y se dirigió hacia el anfiteatro, gritando furioso: «Grande es la Artemis de los efesios.» Exaltado por el peligro, Pablo quiso lanzarse en medio del tumulto, pero los hermanos le disuadieron y le sacaron de la ciudad. Sus huéspedes estuvieron a punto de perecer; todo eran odios, persecuciones y emboscadas contra el hombre que era todo una brasa incandescente y palpitante de amor. Esta prueba le dejó completamente abatido. «Me encuentro abrumado —exclamaba—, hasta el punto de no saber cómo vivir.» Una fatiga mortal había agotado las energías de su cuerpo: «El hombre exterior, en mí, se desmorona.» El interior, sin embargo, se renovaba constantemente: «Cuando estoy débil, entonces soy más poderoso.» Y añadía magníficamente: «A fin de que no pongamos la confianza en nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertos.» Nuevamente aparece en la Hélade, visita las iglesias antes fundadas, funda otras nuevas, y por primera vez llega hasta el mar Adriático. «Mi campo de acción—dice a los romanos—se extiende en todos los sentidos, desde Jerusalén hasta la Iliria.» Pero ahora piensa en Roma, en los confines del Imperio, en Finisterre. «Aquí ya no hay sitio para mí. Hace muchos años que deseo veros. Si voy a España, espero, de paso, veros; y después de haberme saciado en cierto modo de vosotros, vosotros me pondréis en el camino de aquella tierra.» ¡Si voy a España! ¡Porque iré a España! La amplitud de su ambición no tiene otros límites que los del mundo; tiene impaciencias divinas por ver el nombre de Cristo pregonado y adorado hasta en las extremidades de la tierra. Pero antes va a despedirse de Jerusalén. Es un viaje lleno de tristes presentimientos y de incidentes dolorosos. Hay que ir de la tierra al mar y del mar a la tierra, porque los sicarios y los piratas espían los caminos. En Mileto, aquella escena desgarradora y aquella despedida emocionante, en que el peregrino infatigable llora porque ya no va a ver el rostro de los que ama. «Sé que me aguardan las cadenas, pero lo único que me importa es terminar alegremente mi carrera.. Vosotros sois testigos de que estoy limpio de la sangre de todos... Jamás he dado un paso atrás, tratándose de anunciar la voluntad de Dios... No he deseado ni plata, ni oro, ni manto de nadie.... Os he enseñado a recordar las palabras del Salvador Jesús: «Más dicha es dar que recibir.» Cuando los discípulos se cubren la cara, porque no se vean sus lágrimas. Pablo les interpela diciendo: «¿Por qué lloráis? ¿Por qué me rompéis el corazón? Sabed que estoy dispuesto no sólo a ser encadenado, sino a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.» Y sucedió que durante las fiestas de Pentecostés del año 59, paseando Pablo por las cercanías del Templo con un hermano procedente de la gentilidad, estalló de repente este grito terrible: «Miradle, ha metido a los griegos en el Templo.» «Sí—replicaban otros—, ha manchado el lugar santo; es el hombre que va por el mundo enseñando contra la Ley y contra el Templo.» Pablo protestaba de su inocencia, pero nadie le hacía caso; una turba feroz caía sobre el, empujándole, golpeándole, apaleándole. Parecía haber llegado el último momento de su vida; de repente, sonaron los clarines guerreros; al primer ruido del pueblo amotinado, una cohorte había salido de la torre Antonia, y el tribuno aparecía, con la espada levantada, abriéndose paso entre el populacho: «Dejad ese hombre; es nuestro», gritó imperiosamente; y los legionarios le arrancaron del furor judaico. En este momento, Pablo, arrebatado por una idea sublime, dijo al tribuno: «Voy a pedirte una cosa, y es que me permitas hablar a este pueblo.» «Habla», respondió secamente el guerrero. Y Pablo se volvió hacia la multitud de judíos de la ciudad y de la diáspora, de prosélitos y de paganos, de curiosos y de fanáticos, que gritaban todavía, blandiendo los puños y los bastones. Al primer gesto de aquel hombre sudoroso, polvoriento, desgreñado y destrozado, siguió un silencio mezclado de estupor; y, una vez más, en presencia del Templo de Salomón, como antes delante del Partenón, expuso en un lenguaje magnifico la doctrina fundamental de su Evangelio, dirigido a los judíos y a los gentiles. Al oír esta palabra, los gentiles, los goim odiosos e inmundos, los ladridos se renovaron; piedras, basuras y salivazos caían sobre el orador; tal era el delirio de la multitud, que el tribuno se apresuró a meter al prisionero en la torre.
En Roma, las cosas van también despacio; se aguarda a que los judíos de Jerusalén presenten sus quejas; pero los enviados del sanedrín no llegan nunca. Otros dos años de cautiverio (62-64). Pero el apóstol sigue predicando y dirigiendo. Su voz poderosa no se calló ni un solo día durante aquellos largos años de prisión. La finura de su trato, su poder de persuasión, le atraen toda suerte de consideraciones. Durante toda su vida había logrado convertir la cárcel en una cátedra. Ahora su detención es una simple custodia militar: lleva una cadena; un soldado, atado a él constantemente, vigila noche y día sus movimientos; pero puede alojarse a su gusto, puede caminar por la ciudad, puede visitar a sus hermanos. Y está contento de padecer por Cristo. «Todo esto—dice, escribiendo a los filipenses—me llena de alegría, porque sirve para la propagación del Evangelio; mis cadenas son conocidas en el pretorio, en la casa del cesar, y en otras muchas partes, y, a causa de ellas, veo que los hermanos tienen más confianza en Cristo y más valor para decir la palabra.» Pablo predica, escribe, dirige las Iglesias lejanas y piensa en todos los cristianos de Oriente y Occidente. «Ojo a los perros, ojo a los malos obreros, ojo a los circuncidados», clama, pensando en sus enemigos de siempre. Con más insistencia que nunca, expone ahora en sus cartas el misterio esencial de la unión de Cristo y su Iglesia. Estas cartas de la cautividad son las que mejor nos descubren la inmensidad de su amor. Pablo era un místico, el más grande de los místicos, y el maestro de todos. Por temperamento, puede contársele entre los mayores apasionados que han removido la tierra. Pero desde que su corazón había sido dilatado, iluminado por el Espíritu, su vida se inflama con la fulguración del relámpago y la ingravidez de la estrella. Ahora tiene impaciencias formidables por llegar a la unión definitiva, «por verse libre de su cuerpo de muerte». «Morir es mi ganancia», dice con aire triunfal; pero una lucha sublime se entabla en su interior. «Deseo disolverme y estar con Cristo, porque esto es lo mejor; pero es preciso permanecer en la carne, a causa de vosotros.» Poco después de escritas estas palabras, en la primavera del año 64, el tribunal de Nerón ponía en libertad al prisionero. A los pocos meses estallaba el incendio de Roma, y tras él la primera persecución. Los discípulos de Pablo cantaban en las cruces y las hogueras; pero él, caballero andante de la verdad, realizaba su largo deseo de evangelizar los pueblos ibéricos, «tocaba el extremo del Occidente», volvía a las regiones orientales, visitaba las iglesias de Acaia y Macedonia, iba a buscar su manto en Troos y, desafiando a los tiranos, «se metía en la boca del león». Esta vez llegaba a Roma para morir, para descansar. Bien lo merecía el que, resumiendo sólo la mitad de su carrera, había podido decir: «Cinco veces he recibido de los judíos cuarenta latigazos menos uno; tres veces he sido azotado con varas; tres veces he naufragado; una vez me han apedreado, y he pasado una noche y un día en el profundo del mar. Y mi rodar por los caminos: peligros de los ríos, peligros de los ladrones, peligros por parte de mis compatriotas, peligros de los gentiles, peligros en las ciudades, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros de los falsos hermanos; en el cansancio y en la tristeza; en el hambre y en la sed; en la desnudez y el frío; y sin contar cosas exteriores, mi preocupación cotidiana, la solicitud de todas las Iglesias.» |
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