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Santa María Soledad Torres Acosta
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Santas Eduvigis y Margarita María Alacoque
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Santos Frutos, Valentín y Engracia
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Santos Judas y Simón, Apóstoles
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
SAN LUIS GONZAGA
Religioso (1569-1591) Patrono mundial de la juventud
Memoria obligatoria 21 de junio
El águila de los Gonzagas se cernía sobre aquellas tierras italianas, en que el paisaje austero de los Alpes retrocede, medroso, ante la gracia risueña de las verdes llanuras, las colinas onduladas y los lagos serenos y dorados por la luz del mediodía. Durante siglos había dominado majestuosa en castillos y .ciudades, desde Mantua a Brescia, desde Ferrara a la frontera de Lombardía, arrebatando capelos y laureles, amontonando riquezas y principados, sojuzgando la región desde las cimas de las fortalezas feudales. Una de esas fortalezas era la de Castiglione, ciudad y alcázar, santuario y jardín, «dulce sonrisa de la Naturaleza», como dicen los italianos. Allí se alzan todavía las torres desde las cuales la marquesa doña Marta, allá en la segunda mitad del siglo XVI, contemplaba pensativa la planicie riente, cortada en la lejanía por la cadena de la montaña, mientras su marido, don Fernando, guerreaba en los ejércitos de don Felipe, rey de las Españas. Todo allí hablaba de una de las dinastías más brillantes de los Gonzagas; el aspecto de las fortificaciones, el lujo de las estancias, el servicio de la cancillería, la guardia de los mosqueteros, los cuarenta caballos que relinchaban en los establos, la casa de la moneda y la mansión señorial con sus pórticos renacentistas y su oratorio adornado de tapices flamencos y lámparas de plata. Cuando el 9 de marzo de 1568 nació el primogénito del margrave hubo fiestas espléndidas, dignas de un palacio real: durante tres días giraron como locas las campanas de la villa, los cañones del castillo atronaron el aire, las fuentes manaron vino en la plaza y se prolongaron los banquetes, las felicitaciones, las poesías y los discursos.
Esto era en los meses primaverales de 1573; algo más tarde, mientras las huestes del marqués de Castiglione se embarcaban en dirección a Túnez, al servicio de Felipe II, el pequeño soldado dejaba definitivamente el uniforme militar y se dirigía hacia el castillo paterno. Ha llegado lo que él llamará la época de su conversión. La vida espiritual empieza a desarrollarse en su alma; dice sus Horas, reza los salmos de la penitencia, rechaza en el oratorio los cojines y las alfombras, y empieza a orientar su vida entera hacia Dios. Obedeciendo a sus padres, va de Castiglione a Mantua, a Luca, a Monferrato: su infancia se desarrolla de corte en corte y de fiesta en fiesta; pero su corazón está ya fijo en el Cielo. A los diez años le vemos en Florencia formando parte del séquito del duque de Toscana. Todo son regocijos en la brillante corte de los Mediéis; la seducción de la vida se junta a la fuerza de la influencia mundana, a los encantos de un arte exquisito, a las gracias de una sociedad elegante, a todas las frivolidades semipaganas del Renacimiento. El joven Gonzaga vive en este ambiente sin perder un instante el equilibrio, sin desviarse un punto de la línea recta que se había trazado en el fondo de su alma. Escribe a su padre contando lo que sucede en torno suyo, los cortejos fúnebres, las pompas palaciegas, las fiestas religiosas, las carreras de perros y caballos que organizan sus compañeros en los artísticos jardines del palacio Pitti; y añade: «Vamos a la iglesia de la Anunciación y pedimos a Dios que nos dé toda gracia y toda prosperidad, con un particular acrecentamiento de alegría y de consuelo. Seguimos bien, practicamos fielmente nuestras devociones y estudiamos con asiduidad.» A veces se le invita a jugar y a danzar, pero él prefiere rezar y construir altares. Sin embargo, alguna vez condesciende con las importunaciones de sus compañeros. Jugaba una vez, de noche, con otros niños y niñas en un salón; y habiendo perdido, le castigaron a besar en la cara la sombra proyectada en la pared por una niña, que se movía en todas direcciones. Luis enrojeció de vergüenza, declarando que no podía cumplir aquella penitencia. Era cuando acababa de pronunciar el voto de virginidad delante de la Anunciata, la célebre pintura tan amada de todos los santos florentinos. Al cumplir los doce años, Luis vivía ya en las altas cumbres de la contemplación. «Todos sus pensamientos—decía más tarde uno de sus criados—estaban fijos en Dios. Huía de los juegos, de los espectáculos y de las fiestas. Si decíamos alguna palabra menos decente, nos llamaba y nos reprendía con toda dulzura y gentileza. Cuando le llamábamos príncipe y señor, solía decir: Servir a Dios es harto más glorioso que tener todos los principados del mundo.» Un libro de San Pedro Canisio le había introducido en las altas esferas de la contemplación. La realidad de Dios llenaba sus potencias; las cosas del mundo le parecían sombras y fantasmagorías; lo único real y evidente para él era su mundo interior. Se le veía como enajenado, Los domésticos, siempre curiosos, le observaban constantemente, le observaban en su misma habitación, atisbando por las rendijas de la puerta, y le veían unas veces arrodillado, con la mirada inmóvil; otras, con los brazos extendidos o plegados sobre el pecho, sollozando y derramando lágrimas delante de un crucifijo; otras, azotándose tan violentamente, que su sangre corría por el suelo. Hijo del Renacimiento, estudiaba las lenguas clásicas y llegó a escribir elegantemente el latín; pero, entre los escritores profanos, su instinto le llevaba a escoger aquellos que enseñaban una moral austera, una alta noción de la dignidad humana y una noble inclinación hacia la virtud natural. Sus historiadores nos le presentan nutriendo su vida espiritual en los escritos de Fray Luis de Granada y en el catecismo del Concilio de Trento, y su vida intelectual en las obras de Plutarco, de Séneca y de Valerio Máximo. Con el estudio y la oración unía la caridad: recorría las calles de Castiglione, socorriendo a los desgraciados, enseñando la doctrina a los niños, corrigiendo a los maleantes y apaciguando las discordias. El pequeño soldado se había convertido en un pequeño apóstol. Su madre veía todo esto con alegría; su padre, con no disimulado disgusto; pero uno y otro miraban como excesivas las penitencias del muchacho. A los once años, Luis había tenido una enfermedad que los médicos curaron con un régimen de hambre. La enfermedad desapareció, pero el cuerpo quedó deshecho; y, sin embargo, Luis siguió observando rigurosamente sus ayunos de antes. «Lo que antes hice por el cuerpo—decía—bien lo puedo hacer ahora por el alma.» Esto tenía para él una gran ventaja, y es que le dispensaba de asistir a los banquetes. Los odiaba por sus ruidosas alegrías, y, sobre todo, porque en ellos se hubiera visto obligado a alternar con las damas. Esto era su mayor tormento. «¿Qué queréis?—decía él mismo—. Tengo una aversión invencible a las mujeres.» Se le llamaba el misógino. En 1580, San Carlos Borromeo llega a Castiglione en viaje de visita. En ausencia de su padre, el marquesito se presentó a saludar al cardenal. Fue una entrevista famosa: el santo adivinó al santo, descubrió las riquezas maravillosas que la gracia estaba depositando en aquel corazón, le alentó y le iluminó. En el curso de la conversación, preguntó el prelado: —¿Has hecho la primera comunión? —No—contestó Gonzaga. —Pues prepárate para recibirla, porque te la voy a dar yo mismo antes de marchar.
Nadie diría que el joven ha empezado ya una lucha tenaz, que entre él y su padre se desarrolla ya el largo y complicado drama de su vocación. «Quiero hacerme jesuita», le ha dicho a su padre; y su padre le ha mirado colérico, le ha llamado mal hijo y le ha arrojado de su presencia. El joven suplica, razona, discute, pero el marqués no quiere oír nada. Llega a sospechar que el carácter grave de la corte española está ensombreciendo el alma de su hijo, y le traslada a su patria. Ante sus ojos, aquella Italia del Renacimiento despliega todo el poder de sus seducciones: suntuosos palacios, magnificencias artísticas, versos de amor, cortejos principescos, risas de damas, danzas, juegos, músicas y mascaradas. Luis camina a través de todos los regocijos mundanos sin perder un instante el tesoro de su vida interior. Mientras su séquito se divierte, él reza y medita. Cuando llega a una posada, busca un crucifijo y se arrodilla delante de él. Si no le encuentra, traza una cruz en el papel, y esto basta para tenerle abismado largas horas. Si alguna vez le invitan a danzar, huye a encerrarse en su habitación. Milán está en fiestas en el momento de su llegada: la juventud recorre las calles montando soberbios corceles ricamente enjaezados. Las damas se asoman a los balcones y toda la ciudad acude a contemplar a lo más granado de la aristocracia. En la cabalgata aparece también el hijo del marqués de Castiglione, pero va demacrado, viste sencillamente y monta un asno maltrecho, cuyo único adorno es una vieja albarda. El público ríe estrepitosamente, pero eso precisamente era lo que quería el jinete. Entre tanto, Luis lleva adelante con habilidad serias negociaciones, estudia, conversa y cumple con los deberes de su alta categoría. No era un salvaje, ni un antisocial, ni un obseso, ni un hipnotizado por su propia idea.
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CSan Carlos Luanga y compañeros mrtires (Jun) Nuestra Señora del Carmen (Jul) Santa Catalina de Alejandría (Nov) San Cirilo de Alejandría (Jun) Santa Columba de Córdoba (Sep) Conmemoración de los Fieles difuntos (Nov) San Cornelio y san Cipriano (Sep) Cuarto domingo de Adviento (Fie) «»
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