
AbrilAclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
San Beda el venerable (Bartolomeo
Romano, Museo del Prado, Madrid - España
SAN BEDA EL VENERABLE
Presbítero y doctor de la Iglesia (675-735)
Sacerdote benedictino
Memoria libre 25 de mayo
San Beda es una de las más grandes figuras monásticas de todos los siglos y de todos los países. Fue enviado por la Providencia para recoger la herencia literaria de los primeros siglos del cristianismo y transmitirla a los pueblos medievales recién convertidos a la fe, y esto precisamente al tiempo en que los lombardos sofocaban en Italia la cultura de los discípulos de Casiodoro y Boecio; cuando moría al golpe de los árabes la brillante civilización visigoda; cuando la de los franceses estaba aún por nacer. Por eso es San Beda un eslabón necesario en la cadena de transmisión del saber medieval. Sin él, habría solución de continuidad entre San Isidoro y Alcuino. De su vida apenas sabemos más de lo que él nos quiso decir en la última página de su Historia de los ingleses:
Desde aquella época he pasado toda mi vida dentro del claustro, repartiendo el tiempo entre el estudio de Las Sagradas Escrituras, la observancia de la disciplina monástica y la carga diaria de cantar en la Iglesia. Todas mis delicias eran aprender, enseñar o escribir. A los diecinueve años fui ordenado de diácono, y a los treinta de sacerdote. Ambas órdenes las recibí de manos del obispo Juan de Beverley. Desde mi admisión al sacerdocio hasta el año presente, en que cuento cincuenta y nueve de edad, me he ocupado en redactar para mi uso y el de mis Hermanos algunas notas sobre la Sagrada Escritura, sacadas de los Santos Padres o en conformidad con su espíritu e interpretación.» El abad Benito, de quien aquí se habla, es San Benito Biscop, que se encargó de la dirección de Beda en el año 680. Dos después pasaba Beda de Wearmouth a Yarrou, colonia de Wearmouth, distante de él unos pasos. Gobernaba allí en nombre de San Benito un sabio monje llamado Ceolfrido, que fue desde entonces el maestro de Beda. Todavía no tenía éste trece años cuando se desencadenó en la abadía una peste horrorosa, que no perdonó más que al abad y a él; pero los dos, maestro y discípulo, continuaron impertérritos celebrando los divinos Oficios. Por lo demás; la vida de Beda se resume en estas palabras: trabajo y observancia. Gracias a esto pudo llegar a encarnar el tipo ideal del monje—sin acallar la sed legítima de estudio y de saber, mejor dicho, sirviéndose de ella como de escala bienhechora—: saber ascender a las más altas cumbres de la perfección propia de su estado. Sólo con un amor al trabajo tan fuerte e intenso como el suyo se puede concebir que un hombre escribiese lo que él escribió. Entre sus libros hay de teología, filosofía, historia, hagiografía, meteorología, física, aritmética, retórica, gramática, música y versificación; y en todos ellos muestra un conocimiento no común de las obras de los sabios y escritores antiguos, cristianos y paganos, filósofos y poetas, físicos e historiadores. Si a esto añadimos sus tareas de maestro y educador, nos costará trabajo encontrar una existencia tan ocupada como la suya. Se ve por un gran número de pasajes de sus libros que ni aun la noche tenía a su disposición para descansar; cuando no leía o meditaba sobre un antiguo manuscrito, se le veía rodeado de un ejército de discípulos, en cuyas filas no sólo se contaban los seiscientos monjes de Yarrou y Wearmouth, sino otros muchos venidos de toda Inglaterra, de Flandes y de Francia. Y en todo esto nadie le ayudó hasta su última enfermedad. «Yo soy—decía—-secretario de mí mismo; todo me lo hago: dicto, redacto y transcribo.» A pesar de esto, el sabio no eclipsaba en él al monje. Reconocía los obstáculos que este ardor vivificante del trabajo podía encontrar en la sujeción, o, como él decía, en la servidumbre a la Regla; pero nunca pensó en sustrarse a ninguna de sus prescripciones. Es más: de todo conocimiento cimentar de una manera más sólida las virtudes del verdadero monje, realizando así aquella máxima de San Agustín: «En lo temporal, busco lo eterno, y en lo visible, aquello que está sobre nosotros.» Por eso estampó al fin de uno de sus libros esta plegaria reveladora de un hambre infinita de saber: « ¡Oh Jesús amante, que te has dignado abrevar a mi alma en las ondas suaves de la ciencia, concédeme la gracia de hacerme llegar un día hasta Ti, que eres la fuente de la sabiduría, y no permitas me vea defraudado para siempre de tu divino rostro!» Pero nada nos hace penetrar más profundamente en el alma del Venerable Beda como la narración de los últimos momentos de su vida. Esta narración acaba de imprimir en él el sello del verdadero religioso: humilde, trabajador, obediente hasta la muerte. Tal es la fuerza de su sencillez; y realismo, que, al leerla, la imagen de San Beda se presenta involuntariamente a nuestros ojos, nos fascina por la majestad serena con que se despide del mundo, nos encanta y la amamos. El autor de ella es un religioso de Yarrou, testigo ocular, que escribía a una discípula del santo, llamada Cutwina: «Deseas—dice—que te diga cómo nuestro Padre y maestro Beda, el amado de Dios, ha salido de este mundo. Dos semanas antes de Pascua empezó a sentir una extrema debilidad, causada por la falta de respiración, aunque no sufría grandes dolores. Así vivió hasta la Ascensión, siempre alegre y regocijado, dando gracias a Dios noche y día, mejor dicho, en todos los instantes de la noche y del día. Aun durante este tiempo continuaba dándonos lecciones, empleando las horas que le quedaban libres en cantar salmos. Las noches, después de un corto sueño, las pasaba con los ojos abiertos, sin que se asomase en su frente la menor sombra de tristeza. Desde que se levantaba, se ponía a rogar y alabar a Dios; con los brazos en cruz. ¡Oh hombre verdaderamente dichoso! Unas veces cantaba textos de San Pablo o de la Escritura; otras, versos en nuestra propia lengua. En cierta ocasión le oí éstos: «Nadie puede vanagloriarse de tener la prudencia necesaria a la hora de la partida; nadie sabe cuál será el juicio del alma, en bien o en mal, después del día de la muerte.» «Cantaba también antífonas según su liturgia y la nuestra, entre otras ésta: « ¡Oh Rey de gloria, que subiste hoy por encima de todos los Cielos, no nos abandones como huérfanos; envíanos el espíritu de verdad prometido a nuestros padres!» A estas palabras: como huérfanos, se deshacía en lágrimas. Una hora después repitió la misma antífona, y nosotros mezclamos nuestras lágrimas con las suyas. A veces llorábamos, a veces leíamos; pero no, nunca leímos sin llorar. Así se pasaron los cuarenta días que hay desde Pascua a la Ascensión. él, siempre alegre, decía con San Pablo: «El Señor castiga al hijo que va a recibir»; o bien, con San Ambrosio: «No he vivido de una manera tal que tenga que avergonzarme de estar entre vosotros; pero tampoco tengo miedo de morir, porque tenemos un Señor muy bueno.» »Durante estos días, sin interrumpir las lecciones ni el canto de los salmos, empezó dos obras: una traducción del evangelio de San Juan en nuestra lengua inglesa y algunos extractos de San Isidoro, obispo de Sevilla. «No quiero—decía—que mis hijos se alimenten con mentiras, ni que después de mi muerte se entreguen a trabajos estériles.» »El martes ante de la Ascensión se le agravó la enfermedad; sus pies se hincharon y su respiración se hizo más difícil. A pesar de esto, continuó dictando alegremente, diciendo de cuando en cuando: «Daos prisa para aprender, pues mi Creador no va a tardar mucho en llamarme.» La víspera de la fiesta, a eso del amanecer, nos mandó que nos apresuráramos a acabar lo comenzado, y trabajamos hasta la hora de tercia. Entonces nos fuimos a la procesión con las reliquias de los santos, como la solemnidad lo pedía. Quedóse con él uno de nosotros, el cual le dijo: »—Todavía falta un capítulo, querido maestro; ¿os fatigaría demasiado hablar un poco? »Beda contestó: »—Aún tengo fuerzas; coge la pluma, córtala y escribe ligero. »EI monje obedeció. »A la hora de nona mandó llamar a los sacerdotes del monasterio y les repartió el incienso, perfumes y lienzos que guardaba en una arquilla, como objetos de valor; se despidió de ellos y les rogó no se olvidasen de decir alguna misa por él. Así pasó el último día de su vida. Después, el discípulo de que antes he hablado, dijo: »—Maestro querido, hay todavía un versículo que no está escrito. »—Escríbelo pronto—respondió. »A los pocos momentos decía el joven: »—Todo está acabado.
»Y de esta suerte, echado en el pavimento de su celda, se puso a cantar por última vez: «¡Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo!»; y después de haber pronunciado el último de estos nombres divinos, entregó su alma a Dios.» Nada hay que añadir a este relato conmovedor, tan parecido a aquel otro que Platón nos dejó sobre los últimos instantes de su maestro Sócrates. El hombre, el religioso, el padre y el maestro, aparecen en él retratados con pinceladas admirables. Su memoria siguió viviendo radiante y luminosa en medio de sus discípulos, que lo amaban y reverenciaban, y no pronunciaban su nombre sino con respeto filial. De su escuela salieron los hombres más eminentes del siglo VII en virtud y en saber: Juan Escoto, el profundo escrutador de las cuestiones filosóficas; Claudio, el fundador de la Escuela, más tarde Universidad de Pavía; Alcuino, el maestro de Carlomagno y de toda la Francia carolingia. La veneración de Alcuino por su maestro se descubre en aquellas palabras que escribía a los monjes de Yarrou, donde Beda había brillado: «Acordaos—les dice—de la nobleza de vuestros padres, y no seáis vosotros sus indignos hijos. Que vuestros jóvenes aprendan a perseverar en la alabanza de Dios y no a espantar los zorros y las liebres. ¡Qué locura dejar las huellas de Cristo por seguir las huellas del raposo! Mirad al doctor más noble de nuestro siglo, Beda; mirad el celo que ha demostrado por la ciencia desde su juventud, y la gloria de que goza entre los hombres, muy pequeña y mezquina en comparación de la que tiene a los ojos de Dios. Despertad con su ejemplo vuestras inteligencias dormidas; estudiad sus obras, que en ellas encontraréis para vosotros y los demás los secretos de la eterna belleza.» |
BBasílica de San Salvador de Letrán (Nov) San Bernardo de Claraval (Ago) «Fue encerrado en la oscuridad de la cárcel aquel que vino a testimoniar la luz y que de la misma luz, que es Cristo, mereció ser llamado lámpara que arde e ilumina... Y fue bautizado en la propia sangre aquel a quien se le había concedido bautizar al Redentor del mundo»
(S. Beda el Venerable, Homeliarum Evangelii Libri, II, 23: CCL 122, 556-557.)Este santoral se encuentra en construcción. Con el tiempo iremos añadiendo otras vidas de santos. Ayúdenos a mejorarlo. Si ud. encuentra algún error en los textos de este santoral, le agradecemos reportarlo enviando un Email a Correo HDV. |
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