
Septiembre
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Natividad de la Santísima Virgen María
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La Exaltación de la Santa Cruz
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Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
SAN JOSÉ
Esposo de la Santísima Virgen María Patrono de la Iglesia Universal
Patrono de los trabajadores (1 mayo. San José obrero) Patrono de la Asociación Hijos de la Divina Voluntad Solemnidad 19 de marzo
San José es el hombre del silencio; es la oscuridad, es la noche. Pero también la noche tiene su belleza, una belleza solemne, que recoge nuestro espíritu y le aquieta y le levanta y le mece en el reposo y abre para él los horizontes infinitos del trasmundo. Esto mismo nos acontece con esta figura sagrada de la hagiografía evangélica, con este hombre admirable envuelto en la densidad de las sombras. De otros hombres que el mundo llama grandes, la Historia ha recogido el recuerdo, los hechos, las palabras, el retrato, los triunfos y los fracasos. De San José sólo se nos dice esta frase: «Era un hombre justo.» El elogio es espléndido; pero aun así, el elogio continúa en la sombra. Para el mundo, su vida es una verdadera noche; oscura, ciertamente, pero a la vez profunda, majestuosa e impresionante. Su grandeza nos conmueve, nos cautiva, nos abruma, y llega un momento en que esta figura se nos presenta con una gracia, con un encanto, que no tienen las grandes figuras históricas. La primera aparición, la fisonomía grave, dulce y tranquila del principio, empieza a revelarnos tesoros de luz; vérnosla rodeada de una aureola divina, de una influencia celeste, y un mundo nuevo aparece a nuestras miradas. Este hombre del silencio es un hombre aparte, aun en medio de los bienaventurados. Él solo forma un mundo en el inmenso sistema de mundos que forma la sociedad de los elegidos. Si alguna cosa puede darnos una idea de su alma, sería el océano, donde no se ven las riberas, o firmamento, que no las tiene. A pesar de todo, la oscuridad fué el destino de su vida, una oscuridad fecunda en tesoros de humildad, de abnegación, de sacrificio; es decir, en tesoros de generosidad, de amor y de santidad. Era de estirpe real, descendía del más famoso, del más popular de los héroes de Israel, y, sin embargo, nadie sabe de él; vive lejos de la tierra que es la cuna de sus mayores, en una ciudad pequeña y tan desacreditada, que se decía con burla: «¿De Nazaret puede salir alguna cosa buena?» Y allí no es más que un pobre carpintero; un carpintero demasiado honrado, para no tener algún prestigio entre sus convecinos; demasiado inofensivo, caritativo y servicial, para no tener algunos amigos. Siempre trabajando mucho para ganar poco, para vivir, no en la miseria, pero sí en la estrechez. No regatea con los que vienen a encargarle una mesa, una silla, una ventana; no amenaza ni persigue a los deudores, siempre remolones; no es un hombre hábil para los negocios de la tierra. Todo lo contrario, confía demasiado en la probidad, en la buena fe de los demás, y muchas veces es víctima de la malicia y del engaño. Con tal de ganar lo suficiente para que Jesús y María no sufran, está contento. No es posible imaginarle escondiendo los siclos y las dracmas debajo de un ladrillo, aunque, como buen padre de familia, sabe pensar en el día de mañana. Por lo demás, no es nada en aquella villa de Nazaret, que era tan poca cosa. Ni tiene autoridad entre el vecindario, ni se distingue por sus conocimientos; a lo más, como es bueno y discreto, las gentes vienen a pedirle un consejo ó una palabra de apoyo en sus tristezas. Pero esta oscuridad, si es que piensa en ella, es su mayor alegría, una fuente de goce para su espíritu, el reposo de su alma, enamorada del silencio.
Pero esta misma dignidad es un nuevo motivo de ocultamiento; una grandeza que acentúa más y más las sombras que eran la condición de su destino terrestre, esposo de María, unido providencialmente a una estrella más brillante que él, reconoce humildemente su inferioridad, cumple suavemente, dócilmente, con un espíritu de adoración y de respeto, su misión de asistir, de guardar, de proteger a la más amante de las Esposas; comprende que debe ser el velo discreto, abnegado, desinteresado de un Esposo divino e invisible. «El Espíritu Santo vendrá sobre ti—había dicho el ángel a María—, y la virtud del Altísimo te envolverá con su sombra.» Allí estaba José para cubrir aquella venida del Espíritu y su operación maravillosa, para ocultar el misterio a los ojos profanos, para salvar el honor inviolable de María; allí estaba José, lleno de humildad, de abnegación, de reserva y de fidelidad. María era el lirio cuyo perfume iba a respirar el mundo entero. Que ese lirio sea admirado, amado, bendecido, enaltecido, aunque nadie se acuerde del suelo en que crece ni de la atmósfera que respira. Así pensaba José, así cumplía el ministerio sublime que Dios le había confiado. Pero aún hay en él una gloria más alta, que corresponde a una humildad más profunda. Además de esposo de María, José es el padre legal de Jesús, verdadero Hijo de Dios y verdadero Hijo de aquella mujer que es su esposa. Es, por tanto, el sacramento del Padre, su imagen, su sombra, su vicario. El Verbo eterno, el Hijo consustancial del Padre, está sujeto a su voz. Es, por decirlo así, dios del mismo Dios, dios creado, visible y doméstico. Ni un instante puede olvidar el carpintero quién es aquel Niño a quien él educa, vigila, manda, sostiene, ayuda y alimenta. Su fe en la divinidad de Jesús es plena, perfecta, iluminada, imperturbable; vive en una certidumbre que es para él una evidencia, y, no obstante, se ve obligado a cumplir la voluntad divina que le ha encomendado aquella legación incomprensible para con el que es su Señor y su Creador. Obedece, pero su alma está abrumada, confundida, muda de espanto. Es el abismo del renunciamiento y de la humildad, formado para recibir el océano infinito de la paternidad divina; hasta tal punto, que José ya no tiene vida propia, ni voluntad propia; habla y obra en el nombre del Padre, como el Padre y por el Padre; es una sombra, la sombra del Padre, la aparición del Padre increado y eterno. Su vida ha desaparecido, se ha perdido en el Padre. Con lo más alto de su ser habita aquella luz inaccesible en que el Padre tiene su morada. De nadie como de él se ha podido decir que su vida está escondida en Dios. Por eso se le ha podido llamar el más oculto de los santos, aquel cuya santidad es la más profunda y la más difícil de distinguir, porque vive entre las nubes y las sombras que rodean la fuente increada de la divinidad. Más de una vez, cuando aserraba sus maderas, cuando María, viéndole cansado, le presentaba un vaso de agua para confortarle, cuando veía al Niño Jesús trabajando a sus órdenes, considerando, meditando acerca de esta situación inaudita, debió José sentirse movido a salir por las calles para revelar su secreto a los hombres. Pero tuvo la fortaleza de callar, y su secreto se marchó con él al sepulcro. Todavía, muchos años más tarde, viendo la sabiduría del profeta de Nazaret, se preguntaba la gente: «¿Acaso no es Éste el hijo del carpintero?» Pero los siglos, exploradores de la palabra divina, han ahondado en el sagrado silencio donde habita el venerable patriarca, han sacado a luz las cosas encubiertas, han revelado la grandeza maravillosa de San José. Como ante el misterio, los hombres han quedado sobrecogidos al contemplar la figura a la vez dulce y majestuosa de aquel que fué digno de custodiar los más ricos tesoros de los cielos y de la tierra, que fue llamado padre de Jesús y esposo de María, que tuvo la dicha inefable de vivir en un taller adonde se había trasladado toda la gloria del paraíso; que, feliz entre todos los hombres, murió en brazos de la Madre de Dios y Dios mismo cerró sus ojos. Jamás hombre alguno podrá penetrar todas las grandezas del santo Patriarca. Se necesitaría una inteligencia capaz de abarcar toda la extensión del misterio con el cual tiene una íntima relación como instrumento necesario. No sin motivo quiso Dios anunciarle y figurarle en uno de los personajes más amables y más augustos del Antiguo Testamento. San Bernardo ha expresado con su elocuencia acostumbrada este maravilloso paralelismo: «El primer José, vendido por sus hermanos, tipo en esto del Redentor, fué conducido a Egipto; el segundo, huyendo de la perfidia de Herodes, se refugió con el Redentor en la tierra de los faraones. El primer José, guardando la fe a su señor, conservó la inocencia frente a las solicitaciones de la esposa infiel; el segundo, modelo también de castidad, fué el amparo de su Señora, la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fué dada la inteligencia de los secretos revelados en los sueños; el segundo recibió la confidencia de los más altos misterios celestiales. El primero conservó las cosechas de trigo, no para sí, sino para todo el pueblo; el segundo recibió bajo su custodia el Pan y Vino descendidos del Cielo, para sí mismo y para todo el mundo. SAN MARTÍN DUMIENSE (? 580) 20 de marzo. Fueron en España San Leandro y San Martín los catequistas de los pueblos germánicos y los reorganizadores de la nueva sociedad. Uno y otro destruyen para siempre el arrianismo en nuestra patria. La actividad de San Leandro se desarrolla entre los visigodos; Martín despliega su influencia en el reino suevo que ocupaba la parte occidental de la Península. San Isidoro le llama el institutor de la fe y de la sagrada religión en Galicia; los modernos le dan el título de apóstol de los suevos. Este pueblo había sido, desde su entrada en España, un verdadero aventurero en materias religiosas. Pagano en el momento de la invasión, es gobernado luego por príncipes católicos. A fines del siglo V se convierte en masa a la herejía de Arrio, y la defiende con intolerancia. A mediados del siglo VI abraza de nuevo la verdadera fe, instruido por un misionero que venía de tierras lejanas. Se llamaba Martín. Nacido en Panonia, como Martín de Tours, este hombre providencial había recorrido muchos caminos antes de llegar a las costas gallegas. De las riberas del Danubio había salido para Tierra Santa, donde trató a los famosos solitarios del Oriente; de Tierra Santa pasó o Roma, deseoso de conocer el centro de la cristiandad; atraviesa luego los Alpes y viaja por Francia, visitando los santuarios famosos y buscando a los hombres ilustres por su virtud y su saber. En Arles se hace amigo del poeta Venancio Fortunato y de la reina Santa Radegundis; en Tours se encuentra con los enviados del rey de los suevos que han ido a buscar una reliquia para curar al príncipe heredero. Le hablan de un rey anciano que está dispuesto a abjurar la herejía si se obra el milagro, de un pueblo numeroso acostumbrado a adorar lo que adoran los que le mandan, de un nuevo reino conquistado al imperio de Cristo. Es una perspectiva tentadora para un espíritu aventurero, codicioso de ganar almas en las regiones donde está el fin de la tierra. Empujado por la fe, Martín sube a una nave en la costa occidental de la Galia, y pocos días después penetra por la desembocadura del Miño. El mar era entonces el camino más seguro para ir de Francia a Galicia. Las iras del Cantábrico parecían menos peligrosas que los pueblos belicosos del norte de España. Los embajadores del rey de Galicia habían ido a Francia por mar, y Venancio Fortunato, después de recibir una carta de Martín, escribía con su lenguaje conceptuoso y rebuscado: «A través de las espumas del ponto me ha llegado una bebida deleitosa; por el mar salado tengo lo que calma la sed. Es el primer fruto que me han dado las olas. La nave, que a otros hunde en las tinieblas, me ha traído a mí la luz, y las mercancías que otros compran a gran precio, las tengo yo de balde.» La llegada de Martín a las costas gallegas, en el momento de obrarse el milagro que se esperaba, y con el milagro la conversión del rey, pareció a todos una cosa providencial; y él mismo se consideraba empujado por una fuerza divina. Desde el principio escogió como residencia un lugar cercano a Braga, donde los reyes suevos tenían su corte. No tardó en verse rodeado de admiradores, deseosos de imitar su vida de soledad y penitencia. Él los organizó en comunidad, levantó para ellos una iglesia dedicada a San Martín de Toars, les enseñó las costumbres que él había visto entre los anacoretas del Oriente, les hizo aprender el latín y el griego, les instruyó en la gramática y la retórica, les introdujo en los secretos de la teología; y así nació la abadía de San Martín de Dumio, centro de influencia religiosa y fuente de vida cultural. En la fachada de la basílica se leían estos versos, que Martín de Dumio dedicó al de Tours, su compatriota: «Admirado de tus prodigios, el suevo ha conocido el verdadero camino, y para sublimar tus méritos, ha levantado estos atrios donde tú repartes tus gracias y él derrama sus ruegos.» En el concilio de Braga de 561 Martín se firmaba va obispo del monasterio dumiense. El valor excepcional del extranjero había atraído las miradas de la corte; el rey le había honrado con su confianza, había dado el título episcopal a la abadía recién fundada, y le había encomendado la conversión de los magnates y del pueblo. Nombrado arzobispo de la capital y metropolitano de Galicia, multiplica los esfuerzos para restaurar las ruinas causadas por la herejía, reúne concilios, establece un código canónico bien preciso, en que se condensa lo mejor de la legislación eclesiástica en Oriente y Occidente, y por medio del clero lleva su acción bienhechora hasta lo íntimo de los hogares. Tan fecunda es su obra, que su contemporáneo Gregorio de Tours, en cuya historia tiene ya la figura de Martín algo de legendaria, se declara incapaz de contar sus virtudes y maravillas. A donde no llega su palabra, llega su pluma. Para sus monjes escribe una colección de Sentencias de los Padres del desierto, resumen de la sabiduría monástica oriental; al rey le envía su Fórmula de la vida honesta, compendio admirable de ética natural; a los obispos y sacerdotes les dirige sus breves y sustanciosos tratados morales, y aquellas epístolas, hoy perdidas, en que San Isidoro elogiaba el incentivo de la piedad y de la práctica de todas las virtudes; para los pueblos, mal arraigados todavía en la fe y arrastrados por las supersticiones paganas y las doctrinas de Arrio y Prisciliano, componía su tratado De la corrección de los rústicos, verdadero breviario del catequista, síntesis del dogma y de la moral del cristianismo, destinado a facilitar la predicación sacerdotal en las aldeas. Como escritor, Martín es, ante todo, un moralista al estilo de Séneca, en quien se inspira con frecuencia. Piensa, con Aristóteles, que la prudencia debe tener la rienda de todas las virtudes. No le satisface el aspecto negativo e individualista de la justicia, que define como una convención tácita de la Naturaleza, dirigida al bienestar general. A diferencia de San Agustín, no condena la mentira, si ha de servir para defender la verdad o guardar el secreto. Es evidente en él la influencia de Cicerón, y más todavía la de Séneca. Puede considerársele como un senequista ilustre. Hasta el mismo corte de su frase recuerda al filósofo cordobés. Es un indicio de que Martín llegó a asimilarse el espíritu de su nueva patria, de la tierra a la cual había consagrado sus esfuerzos y en la cual encontró la finalidad de su vida. En su libro acerca de las costumbres, dice, hablando consigo mismo: «¿Qué importa que no estés en la tierra donde viniste a la vida? Tu patria es el lugar donde has encontrado el bienestar, y la causa del bienestar no radica en el sitio donde se vive, sino dentro del hombre mismo.» Es grato observar que este grave moralista, este austero reformador, no era ajeno a la poesía. Hace versos para grabarlos en los frontispicios de los edificios que construía o para recordar una enseñanza a sus monjes, versos en que se reflejan sus lecturas clásicas, y a través de los cuales descubrimos su admiración por los poemas virgilianos. En verso está también su epitafio. Dice así: «Nacido en Panonia, llegué, atravesando los anchos mares y empujado por un instinto divino, a esa tierra gallega, que me acogió en su seno. Fuí consagrado obispo en esta tu iglesia, oh glorioso confesor de Tours; restauré la religión y las cosas sagradas, y habiéndome esforzado por seguir tus huellas, yo, siervo tuyo, que tengo tu nombre, pero no tus méritos, descanso aquí en la paz de Cristo.» SAN BENITO (480-553) 21 de marzo. Roma no era ya el centro político del mundo, pero guardaba en su seno un mundo de recuerdos de su antiguo esplendor. También había pasado la edad de sus grandes figuras literarias, y sólo quedaba un enjambre de gramáticos que explicaban las obras maestras de los antiguos. En busca de uno de ellos había dejado Benito su casa de Nursia, donde sus mayores habían hallado un refugio contra la malicia de los tiempos, y por la vía Salaria, que moría en las costas del Adriático, había penetrado en la Ciudad Eterna, acompañado de Cirila, su nodriza. Hijo ilustre, el más ilustre, de la Gens Anicia, debía recibir una educación correspondiente a su nobleza. Pero bien pronto su espíritu claro y recto, con la rectitud que da una formación cristiana, y la que heredara de sus antepasados, los romanos de la República, se hastió de la charlatanería de los rectores, de aquella enseñanza vacía y peligrosa, que le repugnaba hasta el desprecio. Cuando escribía su Regla, aquella Regla saturada de erudición bíblica y patrística, no se acordará ni una sola vez de que un día estudió los clásicos. Pero también en su corazón fermenta una angustia desgarradora. Roma, la patria de un Imperio universal, era ahora juguete de los bárbaros. La soldadesca contaminaba el Foro y el Campo de Marte, haciendo burla de los antiguos héroes. Trece años tendría Benito cuando los soldados de Teodorico se derramaron por sus calles y sus templos, hambrientos de botín. Como cristiano, sentía profundamente ver profanados aquellos lugares en que habían florecido las rosas del martirio; como descendiente de la antigua nobleza, indignábase a la vista de aquellos bárbaros que hollaban sin respeto las viejas glorias romanas. Entonces empieza en su interior aquel drama que parece reflejado en el prólogo de su Regla inmortal. El joven estudiante oye la voz de Dios en el momento de levantar su pie hacia la senda del mundo: «¿Quién es, de toda esta muchedumbre, el que ambiciona la vida y desea los días buenos?» A la primera invitación sucede el primer esfuerzo: «Despertemos—dice el adolescente—; escuchemos esas palabras bíblicas que nos dicen: Hora es ya de dejar el suelo.» La voz se deja oír de nuevo y con más insistencia: «Si mis ecos llegan hoy hasta ti, no quieras cerrar tus oídos. Escucha lo que dice el Espíritu: Ven, hijo, ten confianza en Mí, yo te enseñaré a temer al Señor… Mientras brilla la luz, corre presuroso por el camino de la vida para que no te sorprendan las tinieblas de la muerte.» ¡La muerte!... Impresión decisiva. Ella acababa de entrar en su casa para llevarse a su padre. Su faz enjuta y descarnada surge a cada momento ante su imaginación. «Tened cada día la muerte suspendida ante los ojos», clamará más tarde a sus discípulos. Pero es, sobre todo, la muerte del alma la que le preocupa. Ya no vacila, se rinde exclamando: «¿Qué hacer, Señor, para habitar en tu tabernáculo y descansar en tu santa montaña?» Dios le responde: «El camino es éste: anda sin mancha, obra la justicia; que la verdad viva siempre en tu corazón; que tus manos estén libres del mal y tu lengua no conozca el engaño.» La Bondad había dicho la última palabra. Siguió la insinuación del maligno, certero espía de todas las buenas resoluciones; pero Benito «la arroja contra la piedra que es Cristo», y exclama: «Heme aquí; el hombre a quien buscas soy yo»; y como de una ascua, dice San Gregorio, retiró el pie que empezaba a escurrirse en la senda del mundo. Desde entonces, lo mismo que Abraham, queda constituido por Dios padre de un gran pueblo, tan numeroso como las arenas del mar, porque como Abraham, tuvo el valor de salir de su tierra, de su casa, de su parentela, y de abandonar el brillante porvenir que le aguardaba tal vez, como a sus contemporáneos Boecio y Casiodoro, en la corte de los reyes. «Guiado por el Evangelio» salió de Roma el joven patricio, y siguiendo la vía Tiburtina, atravesó la campiña romana. A uno y otro lados iba dejando bellos monumentos, testigos del esplendor de sus antepasados: villas, mausoleos, templos, palacios. Luego tropezó con la corriente del Anio, rápida y brillante, y detrás, orgullosa, con sus casas de placer, perfumada de jardines, llena de recuerdos clásicos. Tívoli, la blanca Tibur, que ya conocía por las historias de Livio y los versos de Horacio. Ante ella, sus ansias de huir se renovaron. Pasó ligero. El paisaje aumenta en austeridad. Penetra el joven en un valle escoltado a uno y otro lado por las fuertes estribaciones de los Apeninos. En el centro corre el Anio, y, paralela a él, la vía Valeria. Benito la sigue intrépidamente. Deja a un lado algunas habitaciones dispersas; adosadas a la roca: es la laura de Vicovaro, donde más tarde estará a punto de morir envenenado por monjes que, después de haberse puesto bajo su obediencia, no podían sufrir su rigor. Los montes se hacen cada vez más altos y más salvajes; la línea del horizonte, más imponente y severa. Dejando atrás templos en ruinas, pórticos corintios y acueductos gigantescos, llegó el fugitivo a la aldea de Eufide, hoy Afile, acurrucada al socaire de una montaña. Allí hizo su primer milagro. A la puerta de la iglesia pudo ver San Gregorio Magno el tamiz prestado que rompió su nodriza, y que él restauró con el arte de la oración. Pero las alturas son su obsesión; y atraído por ellas, escaló un día la que dominaba aquel pueblecito que le había dado sencilla y cariñosa hospitalidad. Se encontraba en Subíaco. La severa magnificencia del desierto le fascinó. Ante sus ojos se abría un profundo valle, formado por dos montañas que se juntaban bruscamente en su base. Allá en el fondo saltaba el Anio en medio de una vegetación exuberante. Las cimas rocosas estaban desnudas, pero en las faldas, a uno y otro lado, extendíanse bosques impenetrables; y entre los árboles, restos de antiguas construcciones: baños, termas, diques que en otro tiempo habían recogido las aguas del río, y suntuosas moradas. Aquellos parajes fueron antaño testigos de las orgías de Nerón. Un día, en medio de una fiesta, cayó un rayo en la copa murrina del emperador y la hizo pedazos. Desde entonces, el déspota ya no se atrevió a poner el pie en su palacio de Sublaqueum. Hoy es inútil buscar allí recuerdos imperiales. Todo lo tiene la gloria de Benito. Se ve la gruta, el Sacro Speco, donde el adolescente hizo penitencia durante tres años; las piedras que fueron el incensario donde su alma se consumió como un precioso perfume; las espinas donde se revolcó para vencer el asalto más peligroso del enemigo; y, enriquecido de mármoles y bronces, adornado de mosaicos y de pinturas, enaltecido por el arte de todas las edades cristianas, el primer monasterio que construyó. Ahora ya no era el rayo, era la gracia el Cielo la que descendía sobre aquellas rocas. Alguien ha podido decir: «Lo que de allí salió por la gracia de Dios es más grande que la encina poderosa salida del grano que arroja un niño al margen del camino; más grande y más duradero que cuanto han realizado el genio y la espada; después del árbol de la Cruz, Dios no ha plantado en la tierra nada tan magnífico y que haya producido tantos frutos. En el mundo no había más que fuerzas destructoras. Dios arrojó entre los peñascos aquel joven desconocido, aquel niño desnudo, para tomar por esposa la pobreza y engendrar de ella una raza de héroes que habían de resistirlo todo, vencerlo todo y restaurarlo todo. Aquella gruta era el abrigo de la civilización. Todo estaba en germen invisible en el hueco de las rocas de Subíaco. Allí se había de formar el gran seminario de Cristo, plantel de obispos, de Papas, de civilizadores, de doctores y maestros del mundo.» Veinte años de sudores habían fecundado aquel valle de elección; cerca del primer monasterio habían surgido otros doce, y el santo sonreía complacido delante de la mies. Pero el sacerdote Florencio estaba allí con sus envidias y rencores. Florencio es d emisario de Satanás. Intenta asesinar al maestro y desmoralizar a los discípulos. Benito comprende que la persecución va sólo contra él, y se destierra voluntariamente. El mundo hubiera dicho que aquélla era un fuga sin honor, pero el espíritu de Dios guía al fugitivo. Avanza. La senda es dura y áspera, y dice el caminante: «Pergamus itinera ejus: Sigamos los caminos de Dios.» En medio de la llanura de Campania, la montaña de Casino se yergue a su vista. Trepa animosamente. En la primera cuesta, las ruinas de un castillo. Luego, un edículo, un ara de Apolo. En lo más alto de la cima se detiene el peregrino. Es un monte más alto, más bello, más sugestivo que Subíaco. Después de los montes bíblicos, no hay monte más alto que Montecasino. Si un paisaje es el estado de un alma, aquel paisaje es el alma de Benito. Entre ambos existe perfecta armonía. Desde aquella cima, Benito domina el mundo entero; desde allí brillará la luz de su Regla, obra maestra destinada a la perennidad; «Suma del cristianismo—como decía Bossuet—, resumen docto y misterioso de toda la doctrina del Evangelio, de las instituciones de los Santos Padres, de todos los consejos de perfección, en la cual alcanzaban su cima más alta la prudencia y la simplicidad, la humildad y el valor, la severidad y la dulzura, la libertad y la dependencia; en la cual, la corrección tiene toda su firmeza, la condescendencia todo su encanto, la voz de mando todo su vigor, la sujeción todo su reposo, el silencio su gravedad, la palabra su gracia, la fuerza su ejercicio, y la debilidad su apoyo.» Surgió el tipo de la abadía benedictina, la cuna de la Orden, el Sinai del monacato occidental. Dentro, la figura amable del patriarca. ¿Por qué el arte le ha representado siempre hierático, severo, lejano? Cierto, en su vida hallamos a Benito rodeado de una noble gravedad: su Regla es una armadura bella, armónica, adaptada a su fin, con delicadas junturas que esconden y revelan la vida; mas, al fin, una armadura con férrea y combativa rigidez. Pero aquel hombre, que sabía mandar y organizar y ser austero, tenía un corazón tierno y accesible al amor. Sabe llorar, como cuando a su nodriza se le rompe el tamiz que había pedido a su vecina; como cuando ve en profecía las huestes lombardas subiendo el sagrado monte y dispersando a sus discípulos; como cuando le anuncian la muerte de su enemigo, el sacerdote que le había hecho huir de Subíaco. Sabe amar la belleza, y por eso busca los bellos paisajes. Cuando estudiaba en Roma, le sorprendió un día la hermosura de la joven Mérula. En el fondo de su corazón quedó un suave recuerdo, del cual intentó abusar el demonio. Bien conocida es la heroica resolución del mancebo, arrojándose a la zarza para sofocar el incendio interior; pero este episodio nos lo hace más piadoso, más nuestro, más cercano, más humano. Fuit vir, dice San Gregorio al empezar su Vida. Siente profundamente las alegrías de la amistad, y su cariño por San Plácido y San Mauro es el reflejo de un alma luminosa y serena. Hasta a los animales se extiende su dulzura. San Juan tenía su perdiz; San Francisco, el hermano lobo; San Benito vive en compañía del cuervo familiar, que espía sus órdenes y recibe el alimento de su mano. Hay un instante en que aquel corazón aparece duro e inflexible: es cuando hace derramar lágrimas a su hermana Escolástica, que quiere retenerle en su compañía. Benito no puede acceder a lo que él cree un capricho, a lo que para su hermana es la voluntad de Dios. La divergencia es aparente. Ambos buscan una misma cosa: el querer divino. El milagro interviene para dar la razón a los dos; mejor dicho, para enseñarnos que hay ocasiones en que la caridad debe prevalecer sobre la justicia: la justicia de los hombres, se entiende. Tres días después, contemplando el cielo estrellado—era una costumbre suya orar contemplando las maravillas del cielo—, vió el alma de su hermana que, en figura de paloma, se dirigía al paraíso. Inmediatamente manda traer su cuerpo y colocarlo en el sepulcro que había preparado para sí mismo. Un mismo seno los había llevado, una misma gracia los había santificado, un mismo sepulcro debía reunirlos. ¡Así se aman los santos!
Benito era un profeta. Sus ojos veían el porvenir lo mismo que el presente, y las interioridades del alma lo mismo que las superficies. La Naturaleza entera, la vida y la muerte, obedecían a su palabra, y cuando el Papa Gregorio contaba sus estupendos milagros, el diácono Pedro, su interlocutor, se maravillaba. Todos eran milagros de amor, de piedad, de bondad, como debían ser los milagros de aquel que dejó escrita esta bella sentencia: «Que nadie esté triste en la casa de Dios.» Al buen diácono, que a veces parecía vacilar ante tantas maravillas, le tranquilizaba San Gregorio diciendo: «¿Qué extraño que tuviese el podar divino quien estaba iniciado en las intimidades divinas? ¿Y cómo no iba a conocer los secretos de la divinidad, siendo así que observaba sus mandamientos? Porque escrito está: El que se adhiere al Señor, es un mismo espíritu con Él. Y parece increíble que el que es un mismo espíritu con otro, pueda ignorar sus pensamientos.» Este poder de visión que tenía el patriarca aparece con toda su plenitud en un rasgo de su vida. «Estaba asomado a la ventana de su celda invocando al Dios Todopoderoso, y, de repente, en medio de las tinieblas, vió una luz que bajaba del Cielo y disipaba la noche. Era más brillante que el día más claro. En esta visión pasó una cosa admirable, porque, según él mismo contaba, el mundo entero se presentó a sus ojos como condensado en un rayo de sol.» Y ¿cómo el hombre puede ver todo el mundo en una sola mirada?, preguntamos nosotros con el discípulo de San Gregorio. Y el Pontífice responde: «Para un alma que ve al Creador, toda criatura es muy pequeña. Ante la luz divina, lo que no es Dios se hace insignificante; porque con la claridad de la visión interior, el alma ss dilata y eleva de tal manera en Dios, que llega a ser superior al universo, y viendo en su elevación lo que queda a sus pies, comprende la pequenez de lo que antes no podía abarcar.» Esta visión fugaz fué como un aprendizaje de la visión eterna, cuya proximidad había presentido en aquellos misteriosos reverberos. «Seis días antes de su muerte mandó abrir su sepulcro. Acometióle a poco una fiebre que le Ilenaba de angustia. Viendo que se debilitaba por instantes, hizo que le llevasen a la iglesia, y se dispuso a pasar a otra vida con la recepción del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor; después, apoyando los desfallecidos miembros en los brazos de sus discípulos, en pie, haciendo fervorosa oración y levantando las manos al Cielo, entregó su último aliento.» La muerte era digna de la vida. El amigo de Dios y de los hombres había recibido la corona, y alumbrado por la luz que nunca muere, volvía a ver el mundo en toda su miserable pequeñez: la tierra, las naciones, los reyes, la Iglesia de Cristo, los conciliábulos de Belial..., y en todas partes luchando, rezando, enseñando, pregonando el nombre de Dios, defendiendo la causa de la justicia, un ejército inmenso que pronunciaba su nombre, que vestía su misma cogulla, que tremolaba su Regla como presagio seguro de victoria, aquella Regla «la más perfecta, la más sabia, la más discreta»; hermosa en su robustez católica, instrumento admirable de todos los siglos y de todos los climas, hecha para la acción, para la batalla, para el triunfo, para resistir todos los choques y ganar todos los laureles. Esa Regla, que iba a inaugurar una nueva era para Europa, es el último peldaño en la escala de la legislación monástica, cuyos primeros esquemas aparecen en las soledades egipcias. La actitud del legislador es netamente tradicional. Recoge del pasado cuanto puede servir para su obra, desechando lo inútil, lo anticuado, lo perjudicial. Pero este respeto a la tradición no disminuye el valor de su originalidad. que hace de su Regla un monumento de arte legislativo, notable a la vez por su perfección, por su simplicidad y adaptabilidad. Su intención no fué proponer una nueva teoría sobre la vida monástica, sino dar una ley para los monjes. Pero, al mismo tiempo que dispone, ordena y organiza, el legislador fija de una manera lapidaria los principios fundamentales que le guían, y con sus disposiciones más insignificantes acierta a entretejer una profunda doctrina espiritual. Todas tienen como base un principio, firmemente formulado, y de él toman gran parte de su valor. Recogiendo amorosamente el pasado, inclinándose respetuoso ante la tradición, el patriarca de los monjes occidentales acierta a imprimir en su obra todos los caracteres de la sabiduría romana: respeto al principio de autoridad; flexibilidad y facilidad de adaptación, claridad en las fórmulas y discreción en la explicación de las leyes. El afán del monje egipcio era establecer un record en materia
de ayunos, vigilias, oraciones y penitencias. San Benito no desprecia
nada de esto, pero tampoco le da una importancia excesiva. Todo
lo que tiene de condescendiente en estas cosas exteriores, lo tiene
de inflexible en lo que su observación y experiencia le
presentan como esencial de la vida religiosa: renuncia completa
del yo, pobreza estricta, estabilidad, oración litúrgica,
lección y trabajo. Tal vez él no pensó en
el prodigioso desarrollo de su Regla; pero puso en ella un rasgo
genial de amplitud y universalidad que le permitirá aclimatarse
en todos los países. Treinta años después
de su muerte, sus discípulos se establecían en Roma;
San Gregorio Magno los envía a Inglaterra; de Inglaterra
se derraman por las orillas del Rin y del Danubio; al mismo tiempo,
suplantan en Francia a los discípulos de San Columbano,
y a principios del siglo x la Regla de San Benito inspira a todos
los monjes de la cristiandad occidental. |
AAdoración de los Santos Reyes (Ene) Anuncianción de la Santísima Virgen (Mar) San Anselmo de Canterbury (Abr) San Atanasio de Alejandría (May) San Agustín de Cantorbery (May) San Aníbal María Di Francia (Jun) San Alfonso María de Ligorio (Ago) La Asunción de nuestra Señora (Ago) Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael (Sep) Santos Angeles custodios (Oct) «»
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