
Noviembre
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Santos Jerónimo Hermosilla y Valentín de Berrio Ochoa
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Conmemoración de los Fieles difuntos
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Basílica de San Salvador de Letrán
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Santos Probo, Andrónico y Táraco
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Presentación de la Virgen en el templo
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
SAN SEBASTIáN
Mártir (302?) Memoria libre
20 de enero
También se celebra Fructuoso de Tarragona Numerosos eran los soldados cristianos en los ejércitos imperiales al comenzar el siglo IV. Maximiano y Galerio, hostiles a su religión, aceptaban su presencia, lo mismo que Diocleciano y Constancio, que les favorecían. No se exigía de ellos ningún acto contrario a su fe; se les grababa en la frente el monograma del emperador y se les colgaba al cuello una medalla con su imagen; pero nada más. Y he aquí que, de repente, como dice el historiador Eusebio, mientras la situación de las iglesias permanecía incólume y los fieles guardaban completa libertad para reunirse, la persecución empieza a ensañarse de una manera insensible en las legiones.
Ahora bien; a su mismo lado, dentro del palacio, había un joven oficial, jefe de una de las cohortes pretorianas. Generoso y bizarro en su conducta, afable y cortés en las palabras y en el trato, tan abnegado respecto de sí mismo como solícito cuando se trataba de sus semejantes, reuniendo en su persona la nobleza hermanada con la sencillez, y la prudencia con la grandeza de alma, se había atraído la simpatía de cuantos le trataban, de cualquiera condición que fuesen. Nadie podía dudar de su lealtad al emperador, pero todo el mundo sabía que era cristiano. Sebastián no lo disimulaba. Entraba en los subterráneos de las Catacumbas, favorecía a sus correligionarios en la corte, huía, cuando le era posible, del coliseo y del anfiteatro, y en sus gestos, en sus palabras, en su vida, tenía una dignidad y una nobleza que no parecían propias de un soldado a quien sonreían una juventud lozana y un porvenir brillante. En el entusiasmo de su ideal religioso, aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para propagar la fe entre sus compañeros de armas. Era un apóstol, un propagandista, cuya palabra ardiente sostenía a los que vacilaban, llevaba la luz a los que caminaban en la duda, llenaba de valor a los que se preparaban para luchar. No había dejado de ver la tormenta que se avecinaba; pero, lejos de infundirle temor, aquello le enardecía más aún, y poco a poco sentía que la gracia del martirio iba madurando en su pecho. Al fin vino la acusación temida y deseada a la vez. El joven oficial compareció delante del emperador. Maximiano, hombre tosco y sin educación ninguna, que apenas sabía expresarse en un latín decente, le habló con su lenguaje vulgar y soez. Las creencias religiosas de Sebastián equivalían para él a la más negra traición. Parecíale un milagro que un cristiano hubiera estado mandando a los hombres de su guardia y que él estuviese con vida. Conminóle a sacrificar, pero encontró una resuelta negativa. Ciego entonces de furor, llamó a los soldados de su cohorte, y allí mismo, en el parque, atado a un árbol, despojado de los distintivos de la milicia, mandó que le asaeteasen. Así se le ha imaginado la tradición popular a través de las edades cristianas; así le han representado los artistas en el lienzo y en el mármol. El grupo de arqueros bárbaros cubre sus miembros atléticos de una selva de flechas; manan arroyos de sangre de su carne despedazada; tiembla su cuerpo estremecido por el dolor, oprimido por los nudosos cordeles; sus ojos se clavan en el cielo suplicantes e indulgentes; sus labios sonríen en un gesto de acción de gracias, y su frente varonil, nimbada de un halo de luz, permanece erguida, aceptando la plenitud del sacrificio. Hasta que las fuerzas faltan, la vida se agota, y el rostro cae sobre el pecho, erizado de hierros punzantes. Los legionarios, vacías las aljabas, se retiran mascullando torpes canciones. Han cumplido su tarea...
—¿Quién eres tú, que te atreves a pronunciar mi nombre?—grita colérico el tirano. —Un hombre que viene casi del reino de la muerte—dícele el redivivo... Y habla de justicia, de venganza, de misericordia, de perdón..., hasta que los maceros le derriban en tierra, anegado en un charco de sangre. Si la vez primera manos piadosas le habían recogido casi exánime y curado sus heridas, ahora sus ojos se habían cerrado para siempre, y el alma recibía en el cielo la recompensa del doble martirio. |
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