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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
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Simón Ushakov
Museo Ruso de San Petersburgo.
DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
EL MISTERIO INSONDABLE Solemnidad
Domingo siguiente a Pentecostés
Lentamente, desde la humildad del pesebre de Belén,
la liturgia nos ha llevado hasta la cumbre desde la cual se contemplan
los más altos misterios divinos. Ha sido un viaje prodigioso,
que nos ha proporcionado espléndidos tesoros de alegrías,
de emociones, de iluminaciones. Ha sido una revelación insospechada,
una exploración de lo divino y de lo humano, que, de la incertidumbre
y del odio, nos ha transportado al reino de la luz y del amor. Allá
en los días lejanos del Adviento, «sentados en las sombras
de la muerte», mirábamos el horizonte con ojos angustiosos,
clamando por un salvador. El Salvador vino, y nosotros seguimos sus
pasos con el corazón anhelante, escuchamos sus palabras y recogimos
su doctrina. Poco a poco, un mundo nuevo se abría para nosotros.
Empezamos por conocer al Verbo. El Verbo nos hablaba de un Padre que,
«siendo una misma cosa con Él», es quien le envió
a esta nuestra pobre tierra, santificada por una auténtica
teofania. Gradualmente, los misterios iban iluminándose a nuestra
vista. Una y otra vez oímos aquellas palabras acerca del Consolador.
Tal vez nuestro pensamiento flotaba en la indecisión y en la
oscuridad; pero el Paráclito vino con sus larguezas de luz,
de fuerza y de amor, y así se completó el ciclo soteriológico.
Una voz resuena resumiendo aquella lenta manifestación: «Tres
son los que dan testimonio en el Cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu
Santo, y estos tres son una misma cosa»; los Apóstoles
recorren el mundo bautizando a las gentes en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo; y ahora sólo queda que
aquellos que hemos creído y hemos sido bautizados en este nombre
bendito, caigamos de rodicas delante de la Santísima Trinidad,
rindiendo el homenaje de nuestra adoración y nuestro agradecimiento.
Todo en esta divina revelación ha sido paradójico y desconcertante. Esperábamos un salvador, y se nos presenta un niño; esperábamos un gran sistema filosófico, y se nos ofrece una doctrina de sencillas apariencias y contraria a nuestros instintos; queríamos un cetro, y se nos da una cruz, y para acabar de confundir nuestro espíritu, viene, al fin, este misterio, absurdo aparente, de un Dios en tres personas. No hay más que un solo Dios, reza el primer artículo de nuestra fe, el que fue mil veces enseñado en los libros santos del Antiguo Testamento como protesta contra el politeísmo de las sociedades anteriores a Jesucristo. Pero en ese Dios, se nos añade a nosotros, hay tres personas distintas, perfectas, subsistentes; tres personas cuya existencia no perjudica a la unidad de sustancia.
Dios piensa su pensamiento, decía antaño el filósofo; Dios ve su bondad, su belleza, su poder, dice hoy el teólogo. Esa mirada, por ser de un Dios, es idéntica a Él, es otro Él; ese pensamiento, por ser de un Dios, es vivo como Él, como Él infinito, consciente, subsistente, personal. Es su luz, su imagen, su Verbo, su Hijo, engendrado antes de la aurora de las cosas desde toda eternidad. El pensamiento de una inteligencia infinita debe ser eterno e infinito; debe ser Dios. Así queda constituida la segunda persona de la Santísima Trinidad. Pero la generación del pensamiento no completa la vida divina, como no completa tampoco nuestra vida. Cuando hemos pensado, cuando hemos visto una cosa amable, la amamos con un movimiento que es distinto de la inteligencia y del pensamiento, aunque proceda de los dos. Este movimiento se llama el amor; y en el seno de la vida divina es el Espíritu Santo, aspiración viviente que mutuamente se envían el Padre y el Hijo, mirada coeterna que se cruza entre el uno y el otro, elevada hasta la personalidad por la fuerza del infinito. Un Dios que obra, un pensamiento que es igual a Aquel de quien procede, y, con el pensamiento, un amor que es igual a ambos; y en medio de esta actividad soberana, que agota todas las manifestaciones sustanciales de la vida, una maravillosa eternidad, una maravillosa belleza y una maravillosa unidad. Después de comentar largamente estas ideas, Lacordaire añade: «No os he demostrado el misterio de la Santa Trinidad, pero os he puesto en una perspectiva que el orgullo no despreciará sin insultarse a sí mismo. Perdonémosle esta necia alegría, al quiere disfrutar de ella; pero nosotros, inspirados en una sabiduría más humilde y más elevada, agradezcamos a Dios que al revelarnos el misterio de su vida, no ha querido abrumar nuestra inteligencia con una luz estéril, sino que nos ha dado la clave de la naturaleza y de nuestro propio espíritu.»
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