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Santa María Soledad Torres Acosta
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Santas Eduvigis y Margarita María Alacoque
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Santos Frutos, Valentín y Engracia
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Santos Judas y Simón, Apóstoles
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
LOS ÚLTIMOS DISCURSOS DE JESÚS
Lunes, martes y miércoles de la Semana Santa
El domingo de Ramos ha puesto algunas ráfagas de claridad en el cuadro sombrío de la Cuaresma. Mas he aquí que las turbas se desparraman, los últimos gritos se pierden en la lejanía, las palmas se marchitan; y el Hijo del Hombre quedó solo frente a sus enemigos. Ha llegado el momento de la última lucha; los acontecimientos van a sucederse con inesperada rapidez, y el drama divino toca a su fin. una semana más, y la noche, cada vez más cerrada, se transformará repentinamente en el día más esplendoroso; una semana de emoción, de tristeza, de ansiedad. Es la semana más venerable del año, la gran Semana, como decían ya los cristianos de los primeros siglos. «No porque tenga más días que las demás—comentaba San Juan Crisóstomo—, ni porque los días tengan mayor número de horas, sino por la grandeza de los misterios que en ella se celebran.» Nosotros la llamamos la Semana Santa, por la santidad de los sucesos que en ella se conmemoran, y porque sus días son días de santificación. Un solo pensamiento domina en toda ella: el pensamiento de la Pasión y la muerte del Hijo de Dios. Durante esos días, los siglos cristianos olvidaban los odios, las guerras, los procesos y hasta los negocios públicos. Un decreto de Teodosio prohibía desde el Domingo de Ramos hasta Pascua de Resurrección el funcionamiento de los tribunales. Era un absurdo que los hombres condenasen a los hombres cuando el Cielo se abría para declarar una amnistía general sobre la tierra. Comisanos regios recorrían las cárceles, abriendo las puertas a los criminales arrepentidos y disminuyendo las penas de los más culpables. «Todo es perdón en estos días—leemos en una homilía de San Eloy—; la Iglesia concede la indulgencia a los penitentes y la absolución a los pecadores; los magistrados suavizan su severidad; los príncipes dan la libertad a los culpables; los señores perdonan a los esclavos, y las prisiones se abren en el mundo entero.»
Los Evangelios reproducen paso a paso la vida de Jesús durante aquellos días que preceden a su prendimiento. Le vemos triste y presa de una terrible angustia. La incredulidad obstinada de los judíos le oprime el corazón. A veces ya no puede más, y en medio del discurso se interrumpe para confesar su angustia: «Et nunc anima mea conturbata est.» Todas las mañanas va de Betania a Jerusalén, y al caer la tarde se recoge de nuevo en casa de sus amigos. Ve que el odio de los fariseos va a estallar en el crimen, y anuncia una y otra vez su próximo fin; pero sigue cumpliendo su misión divina. Los días se le pasan en el pórtico del Templo orando, discutiendo, enseñando y haciendo milagros. El día siguiente a su entrada triunfal, cuando se dirigía a la capital, quiso anunciar de una manera sensible la reprobación del pueblo hebreo. «En el camino—dice el evangelista—Jesús tuvo hambre.» Acercóse a una higuera que se alzaba cerca de Él, y no hallando más que follaje, lanzó sobre ella esta maldición extraña: «Nunca jamás coma nadie fruto de ti; nunca aparezcan higos en tus ramas.» Y al día siguiente observaron los discípulos que la higuera se había secado. Así había de secarse Israel, higuera mística que bajo las apariencias de una mentida justicia vegetaba en una vergonzosa esterilidad. No obstante, Jesús sigue llamando; pero en sus palabras hay ahora violencia y hasta agresividad. Vuelve a coger el zurriago y a echar a los mercaderes del Templo. Una turba de muchachos le aplaude, y repitiendo los últimos ecos del hosanna del día anterior y ante el escándalo de los sacerdotes. Él responde lacónicamente: «¿No habéis oído aquel verso que dice: De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho es de donde sacaste la más perfecta alabanza?» El martes siguen las discusiones en el Templo. Jesús pronuncia sus últimas parábolas, todas llenas de amarguras, todas alusivas a la rebeldía y la ingratitud del pueblo escogido: la parábola de los dos hijos, el que se niega a obedecer y luego obedece, y el que promete obedecer sin intención de cumplir la promesa; la parábola de los viñadores sublevados contra el padre de familias, y la parábola de las bodas del hijo del rey. Los judíos se dan cuenta de la intención que anima aquellos relatos misteriosos, y sus propósitos de venganza se hacen cada más definidos. Sin embargo, parece como si una duda les detuviese: El galileo, ¿será un impostor, o solamente un loco? La ponen a prueba con lazos dialécticos y trampas teológicas; pero Él se escabulle siempre con extraordinaria habilidad. Es sutilísima la agudeza de su inteligencia; profunda la penetración de su espíritu. Un esfuerzo más, parecen decir los enemigos, mientras excogitan nuevos problemas, capaces de hacer caer al más precavido. Herodianos, saduceos y fariseos se acercan unos tras otros para tender la red, y todos vuelven igualmente humillados. ¿Debe pagarse el tributo al César? ¿Quién será en el Cielo el marido de la mujer que en esta vida se casó sucesivamente con siete hermanos? ¿Cuál es el gran precepto de la ley? Las respuestas son breves, admirables, reveladoras, llenas de novedad y de doctrina acerca de los poderes del inundo, de la vida futura y de la ley del amor.
Aquella tarde, cansado el cuerpo, desgarrado el corazón, y en la frente una sombra de tristeza profunda, subía Jesús el monte del Olivar. Ya en la cima, volvióse a contemplar los altos muros de la ciudad, que ardían como antorchas de sol, y quedó pálido ante aquellas riquezas acumuladas por el fausto calculador de Herodes. Y otra vez lloró; y nuevamente habló de incendios y de escuadrones y de ruinas; y en sus palabras se mezclaba el anuncio de una tragedia cercana, con la descripción pavorosa de una catástrofe universal. Al mismo tiempo, los príncipes de la sinagoga mantenían una reñida discusión. «Ya lo veis—decían unos—, todo el mundo se va detrás de Él.» «Es preciso deshacernos de ese hombre», añadían otros. «Sí—replicaban los demás—; pero aguardemos a que pasen las fiestas, porque el pueblo podría darnos algún disgusto.» Un hombre entró en la asamblea para sacarles de apuros. «¿Qué me daréis—preguntó—si os le entrego?.» Todos saltaron gozosos de sus asientos. Además, el vendedor no era muy exigente: se concertaron en treinta dineros. Y, envuelto en las sombras de la noche, Judas salió del Sinedrio frotándose las manos. |
LBeato Lanfranco de Canterbury (May) Santa Leocadia de Toledo (Dic) San Luis, Rey de Francia (Ago) «»
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