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Santa María Soledad Torres Acosta
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Santas Eduvigis y Margarita María Alacoque
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Santos Frutos, Valentín y Engracia
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Santos Judas y Simón, Apóstoles
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
Jesús expulsa a los mercaderes del templo (Carl Bloch)
TERCER DOMINGO DE CUARESMA
LA CUARESMA, ATALAYA DEL ESPÍRITU Tercer domingo de cuaresma
En el concepto cristiano de la vida, el sacrificio es el
sendero empinado que lleva a las alturas. Sólo el perfecto renunciamiento—nos
lo dice el místico Doctor San Juan de la Cruz—puede llevarnos
a las cumbres del monte Carmelo y constituirnos en la atalaya del amor
de Dios y del amor de nuestros hermanos, en Dios. Renunciamiento, sacrificio,
subida, esfuerzo, penitencia: tales son los rasgos con que se nos va presentando
este ciclo litúrgico de la Santa Cuaresma. Alpinistas de Dios,
hemos acompañado a Cristo hasta el monte de la tentación;
hemos subido con Él al Tabor; hemos alimentado el espíritu
con la esperanza del triunfo lejano, pero seguro, y hemos aquí
ahora nuevamente delante del enemigo. La generosa resistencia de antes
se ha convertido en agresión decidida y victoriosa. Hay un ataque contra los enemigos declarados, y otro contra los que dudan y contemporizan, contra los que se imaginan ser de Cristo, pero de un Cristo que ellos se forjan a su talante; un anatema contra el fariseo hipócrita, y una excomunión contra el saduceo materialista. El fariseo se irrita al ver el milagro de Jesús; el saduceo levanta los hombros y sonríe escéptico y compasivo. Sería cristiano, pero cristiano sin dogmas, sin milagros, y, naturalmente, sin demonios. El diabólico no cree en el diablo, como el loco no cree en la locura. Como él es un juguete del diablo, se imagina que el diablo es un juguete para él. Le imagina como el coco con que las madres amenazan a sus hijos pequeñitos para tenerles más sumisos y obedientes. Pero él es ya demasiado grande para creer en cocos, en espectros ni en fantasmas. Demasiado grande en un mundo muy pequeño. Precisamente no está con Cristo, porque no puede atravesar las fronteras de su reino, oscuro y mezquino; no congrega ni atesora, sino que se empobrece y se encoge; no amplía los horizontes de su ser, sino que reduce sus posibilidades, encerrándose en un círculo donde, además de endemoniado, se volvería pronto loco si se parase a considerar la gravedad de su caso.
Pero el reposo no es somnolencia. En el centro de su tela, la araña no duerme, no está inactiva; observa, aguarda impaciente, espía cualquier movimiento que pueda poner en conmoción los hilos sutiles en cuyo centro se ha colocado. «Meditaré como la paloma», decía el rey de Jerusalén hablando de un recogimiento amoroso, dolorido y anhelante. Es el trabajo ansioso y ardiente del alma que investiga los principios de la fe, que se asimila en rumia vital las leyes fundamentales del mundo invisible, que penetra con respeto religioso en este templo de la ciencia de los santos, cuyas principales columnas son el poder de la fe, aun en este mundo material; la realidad de las esperanzas divinas, la eficacia de la oración, la providencia de Dios, la asistencia de los ángeles y la convicción de la recompensa que, infaliblemente, sigue a la virtud. Pero se necesita, además, esa inmovilidad escrutadora, esa actitud vigilante de la araña, atenta a la primera palpitación de la presa, o a la violencia del insecto enemigo que viene a destruir su artilugio. Nuestra alma debe destacar a los carabineros de sus potencias en las fronteras de nuestro ser, en aquellas zonas indecisas donde es más fácil el contrabando, donde se insinúan constantemente influencias de otros mundos distintos del nuestro, reinos de luz y regiones de tinieblas, iluminaciones súbitas, generosidades, resoluciones que nosotros no sabemos explicarnos, y sugestiones malignas, cegueras, desalientos, rebeldías, que no siempre brotan en nosotros como vegetación espontánea de nuestra naturaleza. Y aquí vuelve a reaparecer el demonio. Cristo nos pone en guardia revelándonos su estrategia. Cuando sale arrojado de un hombre, no tarda en volver acompañado de otros siete espíritus peores que él. La lucha entonces se hace más terrible, porque también a esas bestias inmundas les gusta una casa lujosa y bien barrida. Ser tentados por Satanás es indicio de pureza y prueba de ascensión. Para triunfar, dice la liturgia cuaresmal, vigilancia y reflexión. Se habla de crisis económica, pero más terrible acaso es la crisis moral; y esa crisis moral viene de la crisis del espíritu. Al olvidarnos del mundo invisible, ya no nos interesa lo que puede llevarnos a él; y, además, hemos llenado de tristeza nuestro mundo empequeñecido. Es la confesión extraña que acaba de hacer un socialista belga: «Hemos errado dando al socialismo un ideal puramente material. Hemos creado un mundo sin alegría. La victoria es espíritu; y la lucha había que haberla empezado en nosotros, contra cada uno de nosotros.» |
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