
Noviembre
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Santos Jerónimo Hermosilla y Valentín de Berrio Ochoa
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Conmemoración de los Fieles difuntos
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Basílica de San Salvador de Letrán
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Santos Probo, Andrónico y Táraco
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Presentación de la Virgen en el templo
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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
La Transfiguración (Icono)
SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA
EN EL TABOR Segundo domingo de cuaresma
Aquí la bella estrofa de Prudencio: «Todos los que buscáis a Cristo, levantad los ojos a la altura, donde podréis contemplar el signo de la gloria perenne.» Levantad los ojos, nos dice el poeta; levantad los corazones, nos clama la liturgia. Fuimos con Cristo al monte de la tentación, al desierto, donde nos aguardaba la lucha; al desierto «que habla», a la soledad sonora, la soledad de la cual dijo un santo: «¡O beata solitudo o sola beatitudo! ¡Oh bienaventurada soledad! ¡ Oh sola bienaventuranza! » Y he aquí que el monte de la penitencia queda vestido de luz, el desierto se puebla de maravillass, la soledad se llena de misteriosos murmullos y las cimas nevadas se iluminan, se adelgazan, se yerguen hasta romper los Cielos y dejar oír la voz del Padre. El Cristo que hace ocho días triunfaba de Satán, se nos presenta hoy victorioso y resplandeciente sobre la montaña más alta de Palestina. Tres discípulos le han acompañado hasta la cumbre: Pedro y los Hijos del Trueno; pero Jesús ora solo y aparte, y, mientras ora, su rostro empieza a brillar como el sol, y sus vestiduras se hacen blancas como la nieve; tan blancas, dice San Marcos, que ningún artista podría hacer cosa semejante. Súbitamente, de entre la luz, de entre aquella luz fulgurante que descubría por un momento el que es la luz del mundo, se oyen rumores de palabras bíblicas. Jesús no está solo. Dos personajes famosos, candidos como Él, envueltos y caldeados en su luz, se acercan a Él y le hablan: Moisés, el más grande de los libertadores, y Elias, el primero de los profetas; el hombre coronado de rayos, que durante cuarenta días había conversado con Jehová en la montaña de Sinaí, y el sublime perseguido que, después de un ayuno de cuarenta días, sintió pasar la gloria del Señor en un silbo suave. Una voz resuena entre la nube luminosa: «Este es el Hijo que amo. ¡Escuchadle!», y las dos grandes potencias de la religión mosaica, la Ley y la Profecía, se inclinan humildemente delante de Jesús de Nazaret.
Tal era el sentido de la Cuaresma para los primeros cristianos y el que nosotros debemos darle todavía. Todos podemos juntarnos al grupo lloroso de las que hacían penitencia «en el cilicio y la ceniza»; todos seguimos siendo un poco catecúmenos, aunque hayamos recibido la iluminación del bautismo; todos necesitamos un mayor conocimiento de la verdad de Dios, una purificación más íntima y un acercamiento mayor al reino de la luz. Esto es lo que da su sentido «al misterio cuadragesimal» de que habla la liturgia. Para el que está fuera de la Iglesia, para el que considera el monte de la tentación desde las montañas de Samaría, esto tiene que parecer seguramente una locura. Para ellos la Cuaresma será una tristeza sin provecho, una tortura inútil, un tiempo de nubes y de sombras. «El hombre animal—decía San Pablo—no puede comprender las cosas que vienen del Espíritu.» Pero es posible que muelles cristianos se formen también una idea errónea de la Cuaresma, reduciéndola a una ofrenda más o menos generosa de privaciones y austeridades, que, lejos de levantar el alma a un mundo nuevo de pensamientos y de anhelos, sirvan sólo para encogerla e inmovilizarla. Estos corazones melancólicos debieran tener presente la bella invitación del himno ambrosiano: «Bebamos alegres la sobria embriaguez del espíritu»; y en ellos piensa la liturgia al colocar uno junto a otro estos dos montes, lejanos en la vida de Cristo, pero próximos en el itinerario cuaresmal. Sabia para defender el corazón del soplo árido del espíritu, hábil para preservarle de los arrebatos del sentimentalismo y la sensibilidad, es también maternal para ofrecer a sus hijos el vino con moderación y el acíbar de la penitencia con la suavidad del amor. Es más: el lado negativo de la Cuaresma le importa poco si no buscamos también esa perspectiva mística y riente; en que podemos encontrar a Cristo con fulgores de nieve y de sol. No nos dice solamente: «Convertíos y no volváis a pecar», sino que añade: «Arrojad vuestros pensamientos en el seno de vuestro Dios, alimento de nuestra inteligencia. Entrad en la casa del Señor para habitar en ella y gozar de sus bondades.» Es posible que después de haber vivido así cuarenta días en la montaña, nos cueste trabajo descender; y el fruto de la Cuaresma será el haber renovado en nosotros el gusto de las realidades invisibles. |
BBasílica de San Salvador de Letrán (Nov) San Bernardo de Claraval (Ago) «»
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