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Aclaraciones * Mientras no se indique algo diferente, las narraciones de los Santos, han sido tomadas de la 4ta edición del "Año Cristiano" de Fray Justo Pérez de Urbel, publicada en 1951. (Ediciones FAX. Madrid, España) * Los santos canonizados en años posteriores, se tomarán de otras fuentes, y se irán añadiendo progresivamente al Santoral. Derechos Si alguien, reclamando los derechos legales de esta obra, o de las imágenes aquí utilizadas, desea que se suspenda su publicación, por favor diríjase a Correo HDV. |
La predicación de Juan Bautista (Domenico Ghirlandaio)
CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
LA PREPARACIÓN DE LOS CAMINOS DE DIOS Cuarto domingo de adviento
Otra vez la figura rígida e impresionante del Bautista. Ya le hemos visto en el momento de recibir la embajada de los sanedritas, y hemos oído también su propia embajada. Ahora la liturgia nos le presenta saliendo del desierto, acercándose al Jordán con paso firme, clavando sus ojos iluminados sobre los pasajeros y repitiéndoles las palabras de Isaías, que muchas veces le habían hecho temblar en sus meditaciones solitarias: «Consuélate, consuélate, pueblo mío, te lo dice tu Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle que sus males se han terminado, que han sido perdonados sus crímenes. Mas he aquí la voz que clama en el desierto: Preparad los caminos del Señor y enderezad sus senderos en la soledad. Calmad los valles, allanad las montañas y las colinas. Haced rectos los caminos tortuosos y llanas las sendas accidentadas. Porque la gloria de Jehová se acerca y en toda la redondez de la tierra se va a cumplir la palabra del Señor.» Y el austero predicador resumía su mensaje con estas palabras: «Haced penitencia, porque el reino de Dios está cerca de vosotros.» Era el anuncio de la nueva era que se había de inaugurar con la venida del Mesías: la era del reino universal, espiritual y eterno, el reino de las almas, claramente profetizado y descrito en cada página de los profetas hebreos; reino de humildad y de santidad, de amor y de misericordia. Desgraciadamente, los intérpretes oficiales de Israel habían terminado por adulterar los vaticinios. Heridos y humillados por la garra del poder romano, llenos de rencores y sedientos de venganza, sueñan con un reino terrestre, con un Mesías armado, con un guerrero sin entrañas, que se lanza por el mundo derramando la sangre de los gentiles, esclavizando a los amos de la víspera, realizando horribles venganzas, restaurando los esplendores del palacio de Salomón y haciendo tributarios a todos los reyes del mundo, no con tributo de amor y adoración, sino con oro pesado y macizo, con dinero contante y sonante. En su imperio todo sería alegría y felicidad, prosperidad y victoria: los campos darán el ciento por uno, los pastos serán siempre abundantes, los rebaños se multiplicarán bajo la bendición de Jehová, los racimos serán tan grandes como aquellos de los días lejanos de Caleb. Las ramas de los árboles se romperán al peso de la fruta, el trigo se segará dos veces al año. Las nubes serán dóciles a la voluntad de los hombres y la tierra manará leche y miel. Contra estos sueños desatinados se levanta la palabra vibrante del Bautista. Haced penitencia, dice a los israelitas, porque estáis extraviados. Vendrá el Cielo prometido, pero será un reino de amor. Hallaréis la dicha, pero si aún no ha brillado para vosotros, no debéis quejaros del yugo impío de los romanos. El obstáculo está dentro de vosotros mismos: es el pecado el yugo que oprime vuestra vida moral. No soñéis con revoluciones políticas; transformad, más bien, vuestras conciencias, y veréis aparecer el reino del Mesías. Llenad los valles, salid del fango del placer, abandonad los bajos fondos do la intriga y el egoísmo para respirar el aire puro de las cimas del espíritu; nivelad las montañas y las colmas; doblegad la cerviz soberbia y reconoced que todos vuestros privilegios, toda vuestra superioridad sobre los paganos se la debéis a la generosidad gratuita e inagotable de la bondad divina; enderezad los caminos tortuosos y allanad los senderos desiguales; olvidad los intereses del amor propio, de la ambición y de la codicia; buscad a Dios con rectitud de corazón, y no esperéis ese reino porque vais a ser los primeros en él, porque pensáis ser los amigos del conquistador, porque se acerca para vosotros el tiempo de satisfacer vuestros odios y cumplir vuestras venganzas. En víspera de Navidad, la Iglesia recoge estas enseñanzas del Bautista para recordarnos las disposiciones con que debemos recibir al Rey que se acerca. Este trabajo interior es una de las exigencias de este tiempo de Adviento. Ya en el siglo IV los ascetas españoles tenían la costumbre de recogerse en sus casas desde el diecisiete de diciembre, de andar con los pies descalzos o de esconderse en los montes para mejor pensar en el misterio del nacimiento de Jesús. Es la primera noticia que tenemos acerca del origen del Adviento. «Durante esos días, decía uno de aquellos ascetas, es preciso imitar a María retirándose a algún lugar solitario, y acordándonos allí de Daniel, varón de deseos, a cuya imitación debemos ayunar y rezar en espera del gran acontecimiento. El monasterio será para nosotros como la posada de Belén. Toda nuestra atención debe estar puesta en el pesebre, es decir, en el atril donde descansa el Verbo de Dios envuelto en pañales, que son los pergaminos donde leemos la palabra divina.»
La voz de la renovación universal suena en medio de las turbaciones:
mensajes proféticos, roces de alas angélicas, palabras llenas
de esperanza, consuelos y promesas. Es un diálogo prolongado, un
conflicto psicológico emocionante, cuyas principales fases nos
van descorriendo gradualmente los cuatro domingos de Adviento. El alma
se turba, incapaz casi de creer en tan alta felicidad; sueña apasionadamente
en el que va a venir a sacarla de las tinieblas y de la sombra de la muerte,
se llena de júbilos frenéticos ante la seguridad de liberación,
y vuelve de nuevo a desmayar; reza, canta, solloza, se estremece de amor
y de miedo, calla presa de la humildad y el agradecimiento y estalla en
éxtasis de felicidad. Al fin, el coro unánime de los vaticinios
produce su efecto mágico. Cesan las impaciencias y renace la quietud.
La seguridad es perfecta; la luz increada dora ya los horizontes del mundo.
Ya sólo cabe un pensamiento y un anhelo: el de la preparación
para el gran día. «Preparad los caminos», clama el
Precursor; San Pablo deja oír aquellas palabras fecundas que convirtieron
a San Agustín: «Despojémonos de las obras de las tinieblas
y ciñamos las armas de la luz. Vivamos como en pleno día,
decorosamente.» Eco de esta turbación. San León avanza
hacia nosotros invitándonos a los ejercicios de la ascesis en el
grave acento de sus homilías. |
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